¡Cochero, al Puerto de la Luz!

Corre el año 1883, y una preciosa berlina se detiene en la Plaza de Cairasco. Luis Ojeda Pérez inmortalizó el momento.

En un oscuro y polvoriento anaquel de mi memoria guardo una preciosa secuencia en la que aparezco yo de niño caminando por Vegueta cogido de la mano de mi madre y nos detenemos un instante ante la fachada de un indeterminado caserón. Ella me señala una oxidada anilla de hierro que sobresale de la pared y me pregunta: “¿Sabes para qué se usaba?” Digo no con la cabeza y meto mi dedo diminuto en el agujero de la anilla. “Para amarrar los burros”, añade. Y la película se detiene. 

Más de tres décadas han pasado de ese recuerdo y aún hoy, cuando paseo por el casco antiguo, me fijo en las que se conservan y las miro con el mismo asombro de aquel lejano día. La importancia de esas anillas radica en que son el último vestigio que queda de la época en la que por nuestras calles circulaban medios de transporte tirados por animales. 

En los alrededores de la Plaza de Santa Ana se concentran muchas de esas anillas, y precisamente ahí, en el Archivo Histórico Provincial Joaquín Blanco, custodian un grueso legajo del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria titulado “Automóviles, coches, tartanas y carros. 1877-1915”, que recoge la historia de los primeros medios de transporte de nuestra ciudad. De ese montón de documentos he extraido algunas curiosidades, pero si este artículo le sabe a poco le recomiendo el libro La rueda en Gran Canaria, escrito por José Miguel Alzola y publicado en 1968. Ahora vamos con los datos recopilados en el archivo.

En 1877, la cantidad de carruajes que circulaban por la capital y los abusos e infracciones que cometían sus conductores hicieron necesario elaborar un registro, y dotarlos de un número de matrícula para su identificación. Se registraron 48 carros destinados al transporte de mercancía.

En 1879, el ayuntamiento realizó un nuevo censo debido a que la mayor parte de los carros seguían sin estar marcados con el correspondiente número, conforme al artículo 96 de las Ordenanzas Municipales. El guardia municipal Domingo Morales fue el encargado de realizar el informe, anotando también los carros que siendo de otros pueblos circulaban habitualmente en la capital. En el informe quedaron regitrados los carros y vehículos destinados al transporte de mercancías, géneros y efectos de todas clases: 43 carruajes de Las Palmas, 7 de Telde, 6 de Arucas, 1 de Santa Brígida y otro de San Mateo.

Sus dueños tenían ocho días, desde que se les notificase, para estampar en el costado de su vehículo el nombre “Las Palmas”, y el número correspondiente, advertidos de ser sancionados con una multa de 10 pesetas.

En este año comienzan a establecerse algunas normas de circulación, como la recogida en el artículo 104, que decía que todo carro, coche o vehículo de ruedas, de cualquier clase, debía llevar durante la noche uno o dos faroles encendidos, que irían colocados en la parte delantera, debiendo verse en los vidrios la numeración respectiva. El 11 de marzo de ese año de 1879 el ayuntamiento de la capital aprobó un impuesto anual, que consistía en 25 pesetas por cada caballo, y 8 pesetas para los burros.

En 1883, debido a abusos en los cobros, se presenta un proyecto de tarifas. Dos años después, en 1885, circulan por la ciudad 107 carretas y 57 carruajes en alquiler. En 1887 aparece un reglamento para regular el servicio, y en 1889 es preciso que sus conductores tengan una cartilla. Se expeden ese año 976 licencias.

Ya era posible identificar a los infractores y sancionarlos. En el “Registro de faltas cometidas por los cocheros y carreteros” hay algunas denuncias curiosas. El 30 de agosto de 1889, Juan Saavedra, de Arenales, fue suspendido un mes por beodo. El 12 de diciembre de 1889, Francisco Barroso Santana fue suspendido por promover escándalos en el Puerto de la Luz, al pelearse con unos marineros ingleses. 

En febrero de 1891 se comenzó a inspeccionar los carruajes, y a retirarlos de la circulación si no estaban en buenas condiciones. Las faltas más comunes eran la ausencia o rotura de los faroles, el no llevar el número visible, el mal estado de la pintura o el tener las cortinas sucias.

También se producían accidentes entre los carros, como el que sucedió el 12 de abril de 1891, cuando la tartana de Juan Quintana chocó con un carro, y Juan fue sancionado por pegar al carretero. El 5 de mayo de ese año, a Antonio López García le retiraron la licencia 8 días por, y transcribo literalmente, “conducir las caballerías del coche corriendo a escape por el Puerto de la Luz”. Pero no era el único al que le gustaba la velocidad. Otros aparecen sancionados por lo mismo e incluso por llevarse por delante a algún transeunte. La carretera del puerto, por su rectitud, era el lugar ideal para las carreras.

Hoy los únicos animales de tiro que pueden verse por nuestras calles son los que tiran de unas pocas tartanas destinadas a pasear turistas y que habitualmente están en las inmediaciones del parque de Santa Catalina. Cuando me encuentro una me gusta cerrar los ojos y oir el ruido de los cascos de la bestia sobre la carretera. Un sonido que cambiamos por el de los tubos de escape y que era habitual en nuestras calles hace cien años.

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