El Café de Madrid

Deje atrás el confinamiento y acompáñeme al año 1900, a la inauguración del mítico Café de Madrid.

Noche del 12 de abril del año 1900. Me encuentro en la Plaza de Cairasco, y he sido invitado a la inauguración del gran Café de Madrid. El establecimiento está perfectamente montado, y todos los presentes alaban el exquisito gusto con el que Eusebio Navarro lo ha decorado, prestando atención a todos los detalles. El servicio es excelente, y una tropa de camareros se mueve ágilmente entre la gente para que a nadie le falte de nada.

Un señor se me acerca y me comenta la necesidad que tenía la ciudad de un local como este. Levanta la copa y felicita a los dueños, deseándoles prosperidades. Se presenta y me pregunta si soy de la prensa. Mi cuaderno de tapas negras me ha delatado. Contesto que sí y esquivo más preguntas diciéndole que trabajo para un periódico de fuera. Parece que se ha quedado satisfecho.

Si le dijera que me ha enviado Canarias7 daría pie a incómodas preguntas, pues este medio no existe en esta época. Desvío el tema diciéndole que creo que el Café Madrid pronto se convertirá en lugar de reunión de la flor y nata de la capital. ¡No le quepa la menor duda!, apostilla.

Doy esquinazo al caballero y me cuelo en un estrecho hueco que se ha abierto en la barra. Veo botellas de whiskey escocés e irlandés, brandy, vino… ¡lo que uno quiera! He pedido agua de Seltz, pero el camarero me ha persuadido para que tome una cerveza. Un cartelito en la pared dice que también sirven té, café y chocolate, y que abrirán día y noche. También sirven refrescos de naranja y limón, pero solo de 12 a 5 de la tarde.

Detrás del insistente camarero hay unas bandejas que llevan el nombre de la panadería y bizcochería La Luz. En ellas hay pastas, bizcochos, macarons, magdalenas, bizcochos de Génova, galletas, y los renombrados petits fours de París, a dos pesetas la libra. El dueño comenta que a partir de mañana comenzarán a confeccionar helados, siempre y cuando el hielo llegue temprano. La gente lo está pasando bien.

Ya tengo la información necesaria para cumplir con mi encargo, así que doy un último trago y me dirijo hacia la puerta. Me alejo y detengo mis pasos. Echo la vista atrás y el Café de Madrid, iluminado por el arco voltaico, tiene una estampa de ensueño. Lástima que tenga que volver a mi encierro. Me subo a una tartana y le pido al sombrío tartanero que me lleve al otro lado del Guiniguada. Más allá del puente de piedra se encuentra mi escritorio en el presente. Volveré al Café de Madrid cuando se pueda.

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