El Hotel Atlantic de Ciudad Jardín

Entre sus paredes, un Premio Nobel, la tripulación de un hidroavión, y un estafador…

El 15 de enero de 1927, a las 8 de la tarde, se inauguró el magnífico Hotel Atlantic, instalado en un espléndido edificio ubicado en el número 22 de la calle García Castrillo, en Ciudad Jardín, muy cerca de la iglesia inglesa. Hoy ocupado por el Centro de Enseñanza a Distancia (CEAD). El inmueble había sido diseñado por el prestigioso arquitecto Julio Wonenburguer, y su construcción fue promovida por el Real Patronato de Turismo. El acto inaugural, al que fueron invitadas numerosas personalidades, consistió en una comida especial y un concierto, y el menú fue elaborado por un chef de sobra conocido en la capital por los excelentes platos que preparaba en el restaurante del Club Náutico.

El hotel ofrecía a sus huéspedes intimidad e independencia y sus habitaciones estaban decoradas de forma sencilla y elegante, en tonos lisos y claros. Contaba con un encantador jardín que rodeaba la casa, un hall de amplias proporciones, un excelente comedor, y un bar bien provisto donde se podía degustar Jabali, en cuya publicidad afirmaba ser la mejor cerveza, o la de la marca El León, embotellada en Munich.

Dos meses después, en marzo de 1927, se hospedó en el Atlantic el ex Rey Federico Augusto de Sajonia, acompañado de su encantadora hija y del General Baron O´Byrn. Unos años después, en febrero de 1931, amerizó en Las Palmas de Gran Canaria el hidroavión gigante “Dornier Do.-X”. Su capitán Fritz Hammer y sus catorce tripulantes descansaron en las plácidas estancias del Atlantic.

Etiquetas del hotel

Pertenecientes a los fondos de la Biblioteca Nacional de España:

El Premio Nobel

Ese mismo año ocupó una de sus habitaciones el dramaturgo estadounidense Eugene O´Neill (1888-1952), cuatro veces premio Pulitzer y Premio Nobel de Literatura en 1936. Fue durante su estancia en el hotel cuando concluyó la obra que encumbraría su carrera: “A Electra le sienta bien el luto”. En 2016 se colocó en el edificio una placa conmemorativa para recordar la estancia del Nobel.

En esta fotografía vemos a Eugene en la azotea del Atlantic.

El estafador

En 1957, la familia alemana que regentaba el Hotel Atlantic decidió ponerlo a la venta. Pronto apareció un interesado. Se trataba de un súbdito suizo de padres españoles llamado Antonio Puigventos, de 49 años, casado, y de profesión oficinista. En la reunión fijaron el precio en medio millón de pesetas, acordando una cantidad mensual hasta completar el total a final de año. El suizo dijo que no tenía dinero en las Islas, pero que en un banco de Suiza disponía de 50.000 francos suizos, el equivalente a 500.000 Ptas., y que escribiría a la entidad para que le confirmaran la suma.

Pero en lugar de hacerlo, Puigventos acudió a una imprenta y encargó papel de cartas con membrete propio y con el del banco. Falsificó la correspondencia escribiendo una carta de ida solicitando sus fondos, y otra de vuelta en la que el director le informaba que tenía el dinero a su disposición. Ambos documentos fueron presentados a los propietarios del hotel, que no desconfiaron, pues los membretes y sellos parecían verdaderos.

El 1 de julio Puigventos tomó las riendas del Atlantic, comprometiéndose a pagar 10.000 Ptas. mensuales y el resto a final de año. Pero a los pocos días saltó la liebre cuando un cliente entregó para su custodia 100.000 francos franceses y al reclamarlos habían desaparecido misteriosamente. Los antiguos propietarios, viendo que el comprador no cumplía con los pagos, rescindieron el contrato. Puigventos quedó debiéndoles 12.000 Ptas, y prometió saldar le deuda una vez pusiera el pie en su país natal, pero necesitaba 3.000 Ptas. para el viaje. La familia alemana le prestó el dinero.

Pero Antonio Puigventos no viajó a Suiza, se fue a Tenerife. Lo primero que hizo fue acudir a las oficinas de un periódico local para poner el siguiente anuncio: “Hotelero extranjero de mucha experiencia desea entrar en contacto con un socio para negocios de hotel, restaurante o bar, portando un millón de pesetas”. Un empresario estaba a punto de picar el anzuelo cuando el suizo fue detenido por la Policia. En su equipaje llevaba las cartas falsificadas, los sellos de caucho, y unas hojas donde había estado practicando la firma del director del banco. En la carta el supuesto director no solo daba fe de su solvencia, también le deseaba una grata estancia en las Islas Canarias… o mejor hubiera escrito en la Prisión Provincial.

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