La bandera de Blandy Brothers

Todo un símbolo en la Triana de finales del siglo XIX.

Hoy es de 2 de noviembre de 1898, el cielo se ha oscurecido y cae una persistente lluvia sobre la ciudad. No he traído paraguas y tengo el bombín empapado.

Viajar en el tiempo no es barato. Visto un caro traje hecho a medida y unos zapatos que han perdido su brillo por efecto del barro. Muchas calles de la capital no están adoquinadas y a poco que cae algo de agua se convierten en un lodazal. Mi reloj de bolsillo marca las diez y cinco de la mañana, y si mis cáculos no fallan en breve pasará por la acera de enfrente un caballero inglés llamado Percy G. Blandy, un empresario británico vicecónsul de Alemania y jefe de la casa Blandy Brothers, especializada en el aprovisionamiento a barcos de agua, carbón y suministros.  Ahí está.

Me calo el húmedo bombín y cruzo la calle esquivando charcos y calesas. El caballero viste de negro y camina bajo un sobrio paraguas del mismo color. Lleva una herida en la cara. Hace unos días, mientras volvía de noche por la carretera del Puerto de la Luz, fue asaltado por unos maleantes que le robaron su precioso reloj de oro. Si no llega a ser por unos marineros y unos prácticos del muelle, que acudieron en su auxilio, no lo hubiera contado. Por suerte los asaltantes ya han sido detenidos y el preciado reloj recuperado.

Pero no he viajado tan atrás en el tiempo para preguntarle a Mr. Blandy cómo se encuentra tras el atentado. Ya por su forma de caminar se nota que está magullado. Lo que me interesa es un curioso elemento que he visto en antiguas fotografías y que está adosado al edificio donde Blandy Brothers tiene su sede desde 1887, en el número 68 de la calle Mayor. Se trata de un altísimo mástil donde ondea una bandera, y que es visible desde casi cualquier parte de la ciudad y desde la bahía.

Mr. Blandy se ha detenido en la puerta de su oficina, ha sacudido el paraguas y antes de traspasar el umbral me ha mirado con desconfianza. Yo he tratado de disimular mirando un escaparate con quincalla. Tranquilo señor, no me interesa su carísimo reloj. Mi interés está en ese mástil.

La lluvia ha dado una tregua y cambio de acera para verlo mejor. Mis sospechas se confirman. El palo está anclado a la pared por el lado que da a la calle Artillero y duplica la altura de la casa. Ahora mismo ondea una bandera triangular que no logro identificar. Tal vez sean los colores de la compañía.

Mr. Blandy sale de nuevo con un grueso cuaderno bajo el brazo y al verme hace aspavientos a un guardia que está más ocupado en admirar a las damas que en perseguir delincuentes. Me está señalando. Mal asunto. Será mejor que vuelva por donde he venido, no quiero acabar en el calabozo.

Ya estoy en la seguridad de mi escritorio pero he tenido que echar una buena carrera. Ahora pondré a secar el sombrero y tomaré una buena taza de té para intentar salvarme del resfriado. La próxima vez que viaje al pasado iré preparado, además de mi pluma y mi cuaderno llevaré un práctico paraguas de época.

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