La bota de París

¡¡Ganga, ganga, ganga!! ¡Se realizan todas las existencias de calzado a precios baratísimos!, en La bota de París, Triana 60 y Carnicería 6. 

Corre el año 1933, y me encuentro en la calle Mayor de Triana disfrutando de la cabalgata de Carnaval. Más que los disfraces, me interesa el convoy de camiones y preciosos automóviles, algunos de ellos descapotables, que componen el desfile. Los coches antiguos son mi debilidad. Veo a un fotógrafo apostado en uno de los balcones. Miraré para otro lado. Se dispone a disparar.

Si quiere identificarme soy el caballero que viste de negro y oculta su rostro bajo el ala de un sombrero, justo detrás del camión. Un niño pasa corriendo delante de mí y casi resbala al pisar los raíles del tranvía cubiertos de confeti y serpentinas. 

Pero el Carnaval no es por lo que estoy aquí. He viajado tan atrás en el tiempo para conocer La bota de París, un acreditado almacén de calzados y taller de reparaciones ubicado en el número 60 de la calle Mayor. Su nombre no puede ser más evocador.

Cruzo con cuidado y un sedán de color negro me toca la bocina. Su sonido más que irritar me resulta encantador, y nada tiene que ver con el de los claxon de los de hoy. He elegido un mal día porque hoy es festivo y la zapatería está cerrada, pero me conformo con admirar el rótulo y las encantadoras vitrinas de madera que hay a ambos lados de su entrada. 

Según mis notas, La bota de París pertenece a Joaquín Cola Sabater, y tiene establecimientos en las demás islas. En Triana lleva abierto desde 1899, y en aquel año ya vendían calzados de las mejores fábricas de Mallorca y de la Península, en piel de Rusia, charol y cabritillas, para señoras, caballeros y mocitos, y botinas para militares. 

Un año después, en 1900, abrieron una sucursal en el número 6 de la calle de la Carnicería, frente a la Plaza del Mercado, para que la gente de Vegueta no tuviera que ir a calzarse más allá de los puentes. Eran entonces muy afamados sus zapatones al estilo inglés y las chinelas, desde 3 pesetas el par, y los zapatitos de charol para niños a 1 peseta.

Como la mayoría de sus competidores, afirmaban ser los que vendían el calzado más barato y de mayor durabilidad, y ofrecían cremas y pastillas de distintos colores, entre ellos el blanco. Pero no solo vendían zapatos. En esta sucursal tenían a la venta toallas sencillas y otras de encajes finos de hilo hechos a mano, y lo más curioso, azafrán y huevos a 16 por una peseta, remesa que se renovaba cada ocho días.

El desfile de vehículos parece no tener fin. Ahora mismo pasa ante mí un camión cargado de señoritas disfrazadas de botones luciendo impecables uniformes blancos. Una de ellas acaba de echarme por encima una caja entera de confeti. ¿Qué esperaba?, estamos en carnaval. Ahora me arrepiento de haberme puesto mi mejor traje.

Recuerde, si alguna vez viaja a esta época, no olvide que en los acreditados establecimientos de La bota de París tienen modelos elegantes y económicos a precios sin competencia. Y no, no me llevo comisión.

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