La epidemia de cólera de 1851

Luchamos contra un gigante que tiene la extraña virtud de ser invisible, pero ya nos hemos enfrentado a él en otras ocasiones a lo largo de nuestra historia, solo que tenía otros nombres, y siempre hemos salido victoriosos. Esta vez no va a ser diferente. 

Desde la Conquista, las Islas Canarias han sufrido las grandes epidemias que han castigo a la Humanidad. Bacterias y virus que llegaban a bordo del transporte marítimo. Vale la pena recordar la pandemia más devastadora que llegó a la isla de Gran Canaria: la epidemia de cólera morbo asiático de 1851. Pero mi intención no es la de asustar y mucho menos la de contribuir al pánico social, lo que pretendo con mis palabras es rescatar la memoria para no repetir, y rememorar el espíritu de sacrificio de aquellos ciudadanos de Las Palmas de Gran Canaria que dieron lo mejor de sí para superar una crisis sanitaria similiar a la que estamos viviendo en estos momentos, con muy pocos medios, por no decir ninguno. Y lo consiguieron.

A finales de mayo de 1851, un barco procedente de Cuba llega a la perdida isla de Gran Canaria. Nadie sospecha lo que se les viene encima. Una lavandera del barrio de San José llamada María de la Luz, se lleva unas ropas de ese navío para lavarlas y contrae una fiebre misteriosa, falleciendo el 24 de mayo. El microbio pronto contagia a varias personas del barrio, y se producen las primeras muertes. Es entonces cuando los médicos se dan cuenta de que algo extraño está sucediendo, pero ya es demasiado tarde. Son numerosos los ciudadanos que acuden a consulta con los mismos síntomas: calambres, agotamiento, desfallecimiento, y lengua de color negra. Los doctores Domingo J. Navarro y Pedro Avilés, con el apoyo del colegio de Farmacia, examinan las visceras de algunas de las víctimas y dictaminan que se trata de cólera. 

En la tarde del 5 de junio se lo comunican a don Antonio Ruig, subdelegado de Medicina. El 6 de junio, el Alcalde Corregidor don José María Delgado convoca una reunión urgente en el convento de San Agustín. Cita a algunos señores y a los mayores contribuyentes. Acuden dos españoles y dos extranjeros: don Antonio Vicente González, párroco de Santo Domingo, don Santiago Bravo de Laguna y Múxica, y los ingleses don Roberto Hougton y don Tomás Miller. En esa reunión se firma la declaración oficial del cólera. La mala noticia corre como la pólvora en la capital, que en ese momento cuenta con unos 10.000 habitantes. El miedo a contraer la enfermedad provoca que ricos y pobres abandonen la ciudad para refugiarse en el campo llevando consigo, sin saberlo, la enfermedad a otros puntos de la isla. Corren peligro en Gran Canaria 45.000 almas. 

Ante la desgracia, la Junta de Autoridades se pone manos a la obra. Lo primero que hace es buscar un local donde poder aislar a los contagiados, y encuentra una casa en San José que reúne las condiciones. El convento de Santo Domingo también se presta a ello. Y comienzan a aparecer los héroes. Don Melquiades Espínola arriesga su vida transportando a los enfermos, y termina falleciendo. Corren su misma suerte los doctores don Pedro Áviles y don José Rodríguez, que dan su vida atendiendo a los coléricos. El cirujano menor don Rafael Mesa Mendoza también cae en la batalla. El Obispo don Buenaventura Codina da ejemplo y pasea de día y de noche, consolando y confesando a los enfermos. El párroco de Santo Domingo, don Antonio Vicente González, tampoco abandona las calles asistiendo a los ciudadanos, lo que le costará la vida. La enfermedad no entiende de clases sociales, y se lleva por delante a la esposa y a varios familiares de Tomás Miller, que serán enterrados en el patio de su casa de Triana. 

El hospital se colapsa y se hace necesario abrir otro en el barrio de San Lázaro. No hay medicinas. Los médicos aconsejan para atacar la epidemia dar frotaciones en el cuerpo con aceite de oliva, beber agua caliente, arroparse, paños calientes, vino aguado con azúcar, y caldo con un poco de vino bueno. Los ciudadanos les siguen teniendo fe a los curanderos, que aconsejan cataplasmas de linaza y otras cosas. Se establecen cordones sanitarios en Jinámar y en otros puntos, y se cierra el puerto, dejando la Gran Canaria aislada. Entre el 20 y el 30 de junio el pico de fallecidos alcanza su punto más alto y comienza a descender. El cólera ha matado en Gran Canaria a 5.593 personas, 2.150 de ellas en la capital (de un censo de 10.000). 

Superada la enfermedad, don Antonio López Botas publica un folleto sobre la epidemia y un proyecto de instancia a la Reina en el que le pide suspender por un año el cobro de las contribuciones, y continuar con las obras públicas para dar trabajo a los jornaleros y artesanos. También pide Puertos Francos para entrar mercancías y medicamentos en las Islas sin pagar derechos de Aduanas, y levantar el bloqueo a Gran Canaria. Estas medidas supondrán, a medio plazo, un enorme impulso económico que traerá prosperidad y riqueza a la isla.

Y esto fue, a grandes rasgos, lo que sucedió aquel lejano año de 1851. Nuestros antepasados consiguieron doblegar al cólera con muy pocos medios económicos y científicos. Nosotros estamos mejor preparados, y en esta batalla acabaremos con ese gigante del que les hablaba al principio. Ojalá sea pronto, y con el menor número de bajas posibles.