La sastrería de Adolfo Miranda

Mire con atención esta fotografía. Fue tomada en Las Palmas de Gran Canaria el 15 de mayo de 1905.

En ella quedó inmortalizado el instante en el que el ministro de Marina D. Eduardo Cobián y Roffignac, acompañado del general García de la Vega, sube los escalones que separaban la calle General Bravo del desaparecido cuartel de San Francisco.

El ministro había llegado al amanecer a bordo del acorazado guardacostas Numancia, un buque al mando del capitán Ángel Almeda y construido en 1863 en los astilleros de Seyne, en Tolón. Gracias al fotógrafo Jordao Da Luz Perestrello podemos ver cómo lucía su impresionante estampa en nuestra bahía.

Cuando termine de admirar el Numancia dirija su vista a la costa. A la derecha puede verse el castillo de Santa Catalina. Fue demolido y sus escombros se usaron para rellenar los cimientos del Arsenal.

Pero volvamos a la fotografía del ministro. A estas alturas del texto el lector puede pensar que he errado en el título del artículo, pero nada más lejos de la realidad. Después de ponerle en contexto, de esa escena más que el actor me interesa el decorado. En especial el rótulo que cuelga del balcón de hierro forjado, y que el fotógrafo captó por accidente mientras se apresuraba a retratar al personaje.

Nos regaló así la fachada de ese edificio que se levanta en la esquina con la calle Torres. Por suerte sigue en pie y hoy lo ocupa una farmacia. Pero en 1905 lo que allí había era una sastrería, la de Adolfo Miranda y Castañeda. En su taller, en funcionamiento al menos desde 1887, confeccionaba a golpe de tijera trajes con telas traídas de Inglaterra, y estaba especializado en la confección de uniformes militares.

Aquel 15 de mayo de 1905 una hilera de catorce carruajes irrumpieron en la calle General Bravo y se detuvieron frente a su establecimiento. Imagino al señor Miranda asomándose a ver qué pasaba, con la cinta métrica colgada del cuello y un alfiler en la comisura de los labios. Su joven aprendiz fue tras de él y cuando vio al ministro hizo un desafortunado comentario: ¿no le queda un poco ancho el abrigo?, el sastre se enfadó y le gritó: ¡Calla y vuelve al trabajo! Luego vio los pliegues que formaba la tela en la espalda del señor Cobián y pensó: -El chiquillo tiene razón…-

En enero de 1910 trasladó su comercio al número 55 de Triana. Fue en ese nuevo local donde confeccionó el modelo de gorra que habrían de usar los conductores de carruajes en la ciudad y en el puerto. Un diseño elegante y económico que los demás sastres de la ciudad reprodujeron. La pista del sastre se pierde en 1917, cuando cierra su negocio y marcha a Madrid a seguir cortando telas.

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