Tomás Gómez Bosch y su fábrica de chocolate

Hoy viajamos hasta 1910 para tomar una exquisita taza de chocolate caliente en la chocolatería El Escudo,¡acompáñeme!

Sombrero hongo y gabán raído, zapatos sucios, quevedos y bigote teñido. Toda mi fortuna se resume en un puñado de monedas que guardo en mi bolsillo, y en esta leontina de plata que cuelga de mi chaleco, y que sujeta un Roskopf cuya máquina ha sido derrotada por  el tiempo.

Lo que pretendo al vestir así es pasar desapercibido, y he cuidado al máximo mi apariencia para no levantar sospechas en esta preciosa ciudad de Las Palmas de Gran Canaria de principios de siglo. Ahora camino por la calle Canalejas, ¡y qué diferente luce! Ahí viene un ruidoso fotingo, pero los dueños de las polvorientas calles siguen siendo los animales de tiro.

Me dirijo al número 5, a la afamada Fábrica de chocolates de don Tomás Gómez Bosch. La mala suerte ha querido que una señora enlutada que venía cargando con una lechera se parase a hablar conmigo. Me ha preguntado la hora. Me he visto obligado a sacar mi viejo reloj y a darle un dato aproximado. Me ha mirado extrañada y ha continuado su camino. Yo he hecho lo mismo. Ya estoy frente a la fábrica. ¡Vaya rótulo más bonito! Ya lo había visto en antiguas fotografías pero en vivo gana muchísimo. Pero su mayor reclamo, sin duda, es el delicioso olor a chocolate que inunda la calle. 

Hace cuatro años, en 1906, adquirió la fábrica don Castor Gómez Navarro. Se la compró a la familia Fabres, y puso al frente del negocio a su hijo Tomás. Si no me equivoco es el joven caballero que acaba de salir. Lleva en las manos una cámara fotográfica de fuelle. Es un gran aficionado a la fotografía, y también a la pintura, y se convertirá en un gran artista. Su pasión por la pintura la descubrió mientras estudiaba en el Colegio de San Agustin, de la mano de su profesor de dibujo Nicolás Massieu y Matos.

Pero no he viajado tan atrás en el tiempo para trazar una semblanza de este hombre tan interesante, el motivo de este viaje es visitar el establecimiento y probar su mítico chocolate, así que ha llegado el momento de entrar.

Lo primero que llama mi atención son los bonitos azulejos con motivos geométricos que decoran el suelo, y lo segundo, un enorme cartel publicitario que cuelga detrás del mostrador, y en el que aparece la ilustración de un maestro chocolatero acompañado de la frase: “El chocolate de Tomás Gómez es el mejor que se fabrica”. Comprobémoslo.

Un joven dependiente con un impoluto delantal blanco sale a mi encuentro. Viene con una bandeja en la mano y me ofrece una onza de chocolate. Le doy las gracias por la degustación y le pido una taza de esa bebida tan famosa que preparan.

Acaba de entrar un cura y ha pedido lo mismo que yo. Me dice que viene cada tarde, y que no hay mejor sitio en la ciudad que este para los amantes del chocolate. Habla como si fuera un experto. No lo voy a poner en duda.

El dependiente sale de la trastienda con dos tazas humeantes. Una para el cura y otra para mí, y nos advierte que esperemos un poco, que quema. Su aroma me trae recuerdos de infancia. El cura parece tener un paladar a prueba de bombas, porque ya se ha tomado media taza.

Mientras espero a que se enfríe, un militar entra acompañado de una señorita y se sientan junto a la puerta. Fuera veo a unos niños sucios y descalzos que corretean. Mi bebida ya está tibia y la pruebo. Sabe deliciosa. Tal vez influya el lugar y la época.

He dejado unas monedas sobre el mostrador y ahora me dispongo a volver a mi confinado escritorio. Antes daré un largo paseo. Cuánto me gustaría quedarme aquí hasta que pase todo.

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