Hotel Continental

Es un domingo cualquiera de noviembre y me encuentro en el barrio de Triana. Hace un espléndido día y los comercios de la Calle Mayor comienzan a abrir sus puertas. Las navidades están a la vuelta de la esquina y el corazón de la ciudad late más deprisa de lo habitual. Huyendo del ajetreo de la arteria comercial giro mis pasos en la calle Domingo J. Navarro, y no al azar. Saco de mi cartera de cuero mi cuaderno y una vieja fotografía. Busco un antiguo edificio que en los años veinte del siglo pasado albergó un hotel llamado Hotel Nuevo Continental. Nuevo, porque el anterior Continental, dirigido por Otto Netzer, estuvo situado hasta principios de mil novecientos en la Plaza de San Bernardo. Según un anuncio de 1910, el primitivo hotel contaba con salones de lectura, salas de billar y de fumar, magníficos cuartos de baño, jardines, cocina francesa, inglesa y española, y bodegas con los mejores vinos españoles y extranjeros.

Claudio de la Torre lo inmortalizó en la trama de su novela “Alicia al pie de los laureles”, aunque cambiándole el nombre por Hotel Universo. Pero no nos vayamos por los ramas de los hermosos laureles de la Plaza de San Bernardo y sigamos a ras de suelo en busca del número 32 de la calle Domingo J. Navarro. Ahí está, a la derecha. Parece abandonado y en ruinas. Cambiaré de acera para apreciarlo mejor. Impresiona su decadencia. Una malla cubre la fachada para evitar la caída de cascotes, y están apuntalados los balcones. Sin duda ha vivido tiempos mejores.
Llevo un rato escudriñando el edificio y ahora reviso mis anotaciones. El hotel se inaguró en 1921 y estaba bajo la dirección de los señores León y Cabrera. Según un anuncio de la época, contaba con cuarenta habitaciones “a la moderna”, presumía de cocina francesa y de estar en una calle céntrica y de poco tráfico, junto a telégrafos y cerca de correos. El esmerado servicio aseguraba a los huéspedes sentirse como en su propia casa.

Pero no estuvo aquí mucho tiempo. En la década de los treinta volvió a cambiar de ubicación. Esta vez ocupó el amplio edificio situado en el número 95 de la calle Mayor de Triana.

Antes de irme me acerco a la puerta y observo que hay un gran agujero junto a la cerradura.
¿Quién puede resistirse a mirar? Mis pupilas se dilatan y descubro siluetas de sillas y taburetes en la penumbra del vestíbulo. Más allá, la luz del sol ilumina los preciosos azulejos hidráulicos que decoran la pared del patio. El suelo está cubierto por una gruesa capa de polvo donde se mezclan piedras, botellas vacías y papeles. Veo también algunas cajas, y junto a ellas, tirado de cualquier manera, el desvencijado casillero para las llaves y la correspondencia del que una vez fue un renombrado hotel de nuestra querida ciudad.

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