Los fotingos de Marcelino Bello

La casa de Triana que hoy ostenta el número 79 es de sobra conocida por los ciudadanos de Las Palmas, por ser el lugar donde se hallaba, hasta su cierre en 2015, la mítica librería papelería Rexachs. Seguro que usted la visitó en alguna ocasión en busca de un libro o de algún artículo de escritorio. Yo solía acudir cuando se secaba la cinta de mi máquina de escribir.
No es la primera vez que saco a relucir el nombre de Rexachs. Ya en su día conté cuando accedí a la trastienda de la papelería, o cuando se coló una leona en la fábrica de sellos de caucho que don Pedro tenía en la calle Clavel. Si usted es nuevo por aquí le invito a leer esos artículos. El lector habitual también puede volver a ellos si le apetece, pero más tarde, antes permítame que le cuente algo sobre otro comercio que ocupó el edificio y que quiero rescatar del olvido. Es sabido que Rexachs ocupó el local en 1954, aprovechando la infraestructura de la librería-imprenta El Siglo, abierta desde 1934. ¿Pero qué hubo antes de El Siglo? La respuesta la tiene en la fotografía que encabeza este artículo.
A finales de los años veinte, el número de gobierno no era el 79, sino el 81, y el amplio local lo ocupaba el concesionario de automóviles de Marcerlino Bello, representante exclusivo para las Islas Canarias de los famosos productos de la General Motors, con sucursal también en Santa Cruz de Tenerife.

Se preguntará cómo metían los fotingos por esas puertas tan estrechas. La respuesta está en la trasera del extenso local, que cuenta con una puerta de garaje que conecta con la calle Lagunetas. Reparé en esa puerta cuando estuve curioseando en la trastienda. Supongo que en esa parte más amplia es donde estarían expuestos los vehículos, destinándose el acceso a la calle Triana a oficinas y venta de repuestos.
Ahora fíjese en el rótulo que cuelga del balcón, y en los carteles de Oldsmobile, Cadillac y Buick colocados entre puerta y puerta. Hoy esos espacios los ocupan los desgastados espejos de la antigua papelería. Con ellos pasará lo mismo que con los carteles de Marcelino Bello. Dentro de cien años ya nadie se acordará de ellos.

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