El hotel Bellavista

21 de noviembre de 1902. Escribo estas líneas ante la atenta mirada de un camarero que no me pierde de vista. Intuye que soy un extraño, un extranjero, a pesar de que sabe que hablamos el mismo idioma e incluso tenemos el mismo acento. Y tiene razón, porque no pertenezco a esta época. Soy un viajero en el tiempo que ha venido para conocer cómo era el hotel Bellavista, en Ciudad Jardín. 

Me he registrado esta mañana, y me han dado una habitación con terraza desde la que se ve la iglesia anglicana, que se encuentra a poca distancia. Lástima que las que miran al mar estén todas ocupadas. La habitación es pequeña pero acogedora. Cuenta con una cama de hierro con un grueso colchón, una mesa de noche con una lámpara de queroseno, un armario de reducidas dimensiones, un colgador para el sombrero y un escritorio con todo lo necesario para escribir cartas. También hay un lavabo con espejo y palangana. Lo que menos me gusta de este sitio es que el baño es comunitario, y hay uno por planta.

Para llevar a cabo mi plan de conocer el hotel, me he metido en la piel de un viajante, un representante de una conocida marca de máquinas de coser vestido según los cánones de esta época. Para interpretar aún mejor mi papel, traigo la maleta repleta de catálogos, y una pesada caja con el último modelo de la marca a la que represento. Aún así el camarero ha sospechado, pensará que soy un impostor, o que no tengo dinero.

Ahora me encuentro en el hall, son las cinco de la tarde y disfruto de una taza de té y unas pastas, y de una excelente panorámica de la bahía de Las Palmas. Una estampa idílica que tiene como telón de fondo el muelle y las montañas de la Isleta. Estampa salpicada con las siluetas de enormes vapores fondeados que se mecen lentamente por efecto de las corrientes, mientras un sinfín de diminutas embarcaciones los asaltan continuamente. Tomo un sorbo y me distraigo con un velero que navega a todo trapo y que está a punto de desaparecer en el horizonte. 

No solo ha desaparecido el velero, también el camarero, que ha ido a buscar algo a la cocina. No estoy solo. En la mesa de al lado hay un súbdito inglés leyendo la prensa y fumando una pipa de tabaco con aroma a vainilla, y en el otro extremo, junto a la ventana, hay una dama también extranjera que lleva rato admirando los vestidos de una revista de moda francesa.

Se ha detenido una calesa junto a la entrada. Llegan huéspedes nuevos. El recepcionista toca el timbre y les recibe con una sonrisa, mientras se prepara para anotar sus nombres en un cuaderno. Moja la plumilla en el tintero y mientras escribe, un niño vestido de botones sale a escena para encargarse del equipaje. No debe tener más de doce años. El baúl se le resiste en los escalones y el camarero sale en su ayuda.

Ya he terminado mi té y ahora estoy en la biblioteca. Todos los libros están en inglés, y es que la mayoría de los clientes del Bellavista son originarios de Inglaterra. Hay un libro que llama mi atención, se titula Stories of Adventures and Heroism y contiene numerosos grabados. Me sentaré a admirarlos en uno de los cómodos sillones de mimbre que hay en la terraza. 

A la hora del desayuno pienso estar de vuelta en mi escritorio. El camarero va a pensar que me he ido sin pagar cuando no me vea por la mañana. Dejaré sobre la mesa de noche una nota de agradecimiento y un sobre con dinero para cubrir los gastos de mi estancia, además de una generosa propina. Ahora cerraré mi cuaderno e iré a disfrutar de la tarde y del libro hasta que sea la hora de la cena. Las Palmas de 1902 es una ciudad muy tranquila. Esta noche dormiré a pierna suelta en el hotel Bellavista.

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