El fotógrafo de la calle Castillo

El Archivo de fotografía histórica de Canarias de la FEDAC custodia doce instantáneas tomadas por un enigmático fotógrafo que firmó su trabajo como Bravo y Negrín, pero del que poco más se sabe. Por la información impresa en los cartones de cinco de las fotografías, sabemos que tenía su estudio en Las Palmas de Gran Canaria, en la calle Castillo, 16. Ayer pasé por allí y me detuve a observar su fachada. Es una de las más sencillas de la calle, y lleva años cerrada. Quizá aún conserve en sus entrañas los restos del estudio fotográfico, dormidos en algún altillo polvoriento a la espera de que alguien se interese por ellos. Lo sé. Soy un romántico.


Por la información revelada por la propia colección parece que estuvo activo entre 1890 y 1910. Es curioso que durante todo ese tiempo no dejara ni el más mínimo rastro en la prensa, ni profesional ni personal, pues no hay anuncios de su estudio ni aparece nadie que se apellide Bravo y Negrín y que nos lleve a pensar que se trata de este misterioso artista.


En la colección hay cinco fotos de estudio en formato carta de visita, y en ellas se aprecia una evolución en el membrete que figura en el cartón. Hay otras tres que forman un conjunto. En ellas se aprecian tres salas de tres colegios atiborradas de objetos, y datadas entre 1890-1895. Es posible que se trate de trabajos realizados con motivo de la celebración de la Fiesta de las Flores en 1892, en la que hubieron concursos en distintas categorías.

Las otras cuatro fotografías que restan son todas de exterior. Hay una vista interesantísima del Lazareto de Gando con dos jinetes en primer plano.

Dos tomadas en 1906 durante la visita del rey Alfonso XIII. En una de ellas aparecen unos militares pasando revista. La otra, más interesante, muestra el desfile real con el tejado del hotel Bellavista asomando por encima de los árboles, y en la carretera los raíles del tranvía.

La última fotografía es, a mi juicio, la más interesante de todas por la historia que encierra. Se trata de una capilla mortuoria en el interior de la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria, en la que se ve la proa de un barco rodeada de candelabros. A la maqueta no le falta detalle, y en ella apreciamos ojos de buey, cadenas, barandilla, mástil, salvavidas, y un nombre: REINA REGENTE.

El Reina Regente fue un barco de guerra español construido en los astilleros de Thompson-Clydebank, en Escocia, botado el 24 de febrero de 1887. Fue un moderno crucero de 97,3 metros de eslora y 15,4 metros de manga. Tenía un desplazamiento de 4.664 toneladas, y era propulsado por dos máquinas Thompson que trasmitían a sendas hélices 11.598 caballos. Contaba entre su armamento con cuatro piezas individuales de 240 mm, y que, posiblemente, debido a su peso, acabó contribuyendo a su hundimiento al comprometer con su desplazamiento la estabilidad del buque.

La tragedia sucedió el 9 de marzo de 1895. Zarpó de Cádiz rumbo a Tánger en lo que sería su última misión. El día siguiente amaneció con cielo muy nublado, fuerte viento y mar picado. A pesar de las malas condiciones, su capitán decidió emprender el viaje de regreso y en aguas del estrecho el Regente paró dando grandes bandazos en medio del temporal, con fuertes vientos del S.O.

En los días siguientes comenzó la búsqueda del flamante crucero con la esperanza de encontrarlo protegido en algún puerto, pero la desgracia se confirmó días después al aparecer en algunas playas de la Península restos del naufragio.

Sus 420 tripulantes se fueron al fondo con el buque, quedando tan solo un único superviviente. Se trató de un perro Terranova, propiedad del alférez de Navío José María Enríquez, que no corrió la suerte de su mascota. El animal, encaramado a uno de los enjaretados del crucero, fue recogido por un buque inglés de los que estuvieron buscando restos por la zona.


El naufragio del Reina Regente es una de las mayores pérdidas de vidas humadas de la Armada, a la que se rindió homenaje en la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria, y allí estuvo Bravo y Negrín para inmortalizar el momento. Espero que con el tiempo aparezcan más fotografías de este fotógrafo, en el altillo de la casa que cobijó su estudio, o en alguna de esas cajas donde guardamos recuerdos de nuestros antepasados.

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