El gran bazar de los Peñate

Hoy viajaremos al pasado para visitar uno de los comercios más emblemáticos de Las Palmas, el gran bazar de los Peñate, desaparecido a principios del siglo XX. Retrocederemos en el tiempo al año 1865 y en el espacio, no tan lejos, a la calle Remedios nº 6 esquina con Peregrina, en pleno barrio de Triana. Si le parece atractiva mi propuesta, cálese el sombrero de copa y póngase la levita.

Mi reloj de bolsillo indica que son las diez y cuarto de la mañana, y como puede comprobar en los alrededores de la calle Remedios no hay ni un alma. No es de extrañar, pues en este momento la ciudad cobija entre sus vetustas murallas apenas 15.000 habitantes.

Ya no estamos solos. Por la esquina de la calle San Pedro asoma un caballero fumando en pipa que monta a lomos de un burro. Se ha detenido frente a la barbería de D. Domingo Guerra y ha atado al animal en una de las cientos de anillas de hierro presentes en la mayoría de las fachadas de las casas. Es un buen sitio para arreglarse el bigote y de paso comprar sanguijuelas. Me han dicho que las tiene a precios módicos.

No me vendría mal un buen afeitado a navaja, pero el tiempo apremia así que sin más dilación entremos en el comercio de los Peñate. Usted primero. En el mostrador hay una señora mirando unos zapatitos de charol para su hijo, acaban de recibirlos por el vapor Maroc, además de un surtido de aleluyas en relieve, cepillos para ropa, glacé y tafetán de seda negro. He traído algo de dinero de esta época y voy a aprovechar este viaje para comprar un tintero, ¿cómo si no voy a seguir escribiendo retrografías? Quédese aquí, enseguida vuelvo.

El dependiente ha sido muy amable, y me ha regalado unos plumines alemanes para que los pruebe. Fíjese en los largos mostradores y en los estantes repletos de mercancía. En este almacén tienen de todo. Aquí se venden sobretodos de lana, de algodón y de merino, hilo de bordar, pañuelos de algodón y de seda, gasas labradas y en damasco, muselinas crudas y blancas, zarazas negras, grises, de color y de colcha, hamburgos blancos, madapolam y damasco blanco de algodón, casimires, cacinetes, paños y satines, alpacas negras y de color.

Se ha detenido una carreta en la puerta. Viene del muelle cargada de mercancía. En esas cajas hay vistas de fotografía, estereóscopos, portamonedas, tinteros de cilindro, plumas de acero de corte inglés y español, libritos de memoria, sobres, álbumes, yesqueros de pistón y de piedra, neceseres para hombre, ampolletas para pasar huevos, peinillos, brochas para la barba, cajitas de colores para pintar, cuchillas para papel, medallones con bustos en relieve, alfileres, aretes y gemelos negros de colores y de dublé. Dos empleados se remangan la camisa y comienzan a descargar la carreta. Apartémonos para no molestarles.

Ya se habrá dado cuenta que cualquier cosa que se le ocurra la puede encontrar en Peñate. Una cachucha, unos naipes, unos tirantes… o unos bancos para la iglesia. Pregunte por cualquier artículo que se le ocurra y verá como lo tienen. ¡Oh! ya es hora de volver. Terminaremos el viaje con una curiosa anécdota del paisano que viajó a Francia, y en París, cuando visitó los almacenes Le Printemps, exclamó con asombro: ¡A la mierda los Peñate!