La biblioteca de El Museo Canario

FEDAC

Vegueta tiene muchos sitios con encanto. Uno de mis preferidos es El Museo Canario, y particularmente su biblioteca. Ya han pasado casi tres décadas desde aquel día en el que D. José León, mi profesor en quinto de primaria, mandó un trabajo sobre Néstor-Martín Fernández de la Torre y para realizarlo sugirió que consultáramos una enciclopedia. Añadió que si alguien no tenía semejante fuente de conocimiento en casa, y yo era uno de los desafortunados, podía acudir a la biblioteca de El Museo Canario.
Fue en una lluviosa tarde de invierno cuando un compañero de clase y yo, vestidos aún de unirfome, cruzamos el umbral de aquel fantástico lugar que olía a libros. En mi corta vida jamás había visto una biblioteca semejante. Solo en películas. En aquella época la sala de consulta estaba donde hoy está la tienda, y una interminable mesa de madera oscura descansaba sobre la crujiente tarima en el espacio que hoy ocupan los expositores.
Pronto aprendimos la liturgia, que consistía en rellenar una ficha que luego entregabas al bibliotecario. Un añoso caballero, con aspecto y modos de exquisito mayordomo que tras estudiar la ficha desaparecía tras una puerta en esquina que comunicaba con una zona reservada de la biblioteca. Mientras aquel hombre seleccionaba el volumen que mejor se ajustaba a nuestra petición, yo me distraía con los títulos dorados de aquellos libros que cubrían las paredes. Pasados unos minutos, el bibliotecario regresaba portando unos tomos vencidos por el tiempo que depositaba ante nosotros, en el más absoluto silencio. Porque allí no hacían falta las palabras. Con la ficha bastaba. Entonces abríamos el pesado tomo y deslizábamos el dedo por las páginas hasta dar con el motivo de nuestra consulta. Era como buscar un tesoro.
Con el descubrimiento de ese santuario se abrió ante mí todo un mundo de posibilidades, y cuando mi profesor mandaba algún trabajo acudía encantado, rellenaba la ficha, y en silencio me dejaba embriagar por el aroma a lignina de aquel lugar mágico. Hoy las enciclopedias son cosa del pasado, y el conocimiento parece estar al otro lado de una pantalla. Por suerte no hemos perdido ni la esencia ni el encanto. Permanecen intactos en los anaqueles de la biblioteca de El Museo Canario.

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