La droguería de don Vicente Lleó

Mientras el anticuario giraba la rueda de la caja fuerte me advirtió que las postales de la droguería Lleó estaban encantadas. Por eso las había guardado allí. Decía que desde que habían llegado a la tienda no habían dejado de suceder cosas extrañas. Pensé que era una artimaña para vendérmelas más caras pero supe que iba en serio cuando me dijo, con cara de asustado, que si las quería me las regalaba. Acepté el extraño regalo y esa noche, mientras analizaba las postales en la tranquilidad de mi biblioteca sucedió algo difícil de explicar. Trataré de relatar los hechos tal cual sucedieron, y correré el riesgo de que el lector piense que el que escribe trata de embaucarlo. Le entiendo, yo pensé lo mismo del anticuario. Craso error.

Volviendo a los hechos, estaba en mi biblioteca escudriñando las postales bajo una lente de aumento cuando de repente oí pasos en la escalera. Me asomé al pasillo y comprobé que allí no había nadie. Vivo solo en una casa antigua, y sé diferenciar entre el ruido de unos pasos y el de la madera cuando hay un cambio brusco de temperatura. Aún así pensé que había sido fruto de mi imaginación, y continué con las misteriosas postales.

Consultando en mi archivo averigué que la emblemática casa Lleó, en Triana 65, fue construida a principios del siglo XX por Vicente Lleó Benilluire. Las tres plantas altas fueron destinadas a viviendas, y en los bajos del edificio su propietario instaló una droguería-perfumería, que según un anuncio de 1911, se surtía de Inglaterra, Francia y Alemania. Además contaba con una farmacia que despachaba recetas de médicos españoles e ingleses, y tenía un laboratorio con material moderno para toda clase de análisis, dirigido por el doctor Caniveli.

Volví a oir pasos pero esta vez no venían de la escalera. El sonido parecía proceder de una de las postales, una que ofrecía una vista interior de la droguería. Cogí el cartón horrorizado y sentí un escalofrío cuando vi cómo un hombre vestido de época se había levantado de una silla y se dirigía al fondo de la imagen. Tiré la tarjeta sobre el escritorio y al ponerme en pie volqué la silla y tropecé. Perdí el equilibrio y caí, dándome un fuerte golpe en la cabeza contra la pata de león de una mesa auxiliar.

Cuando abrí los ojos ya no estaba en la biblioteca, me encontraba en la droguería Lleó y seguían los ruidos en la trastienda, pero ya no tenía miedo. Comencé a deambular a mi antojo por el comercio, curioseando en el interior de los cajones, echando un vistazo a los cuadernos con las fórmulas magistrales, oliendo los perfumes, y leyendo lo que ponían las etiquetas de las botellas y de los tarros de porcelana: morfina, cafeína, quinina, estricnina, yodo, parafina, cloroformo… y entonces, sin darme cuenta, había llegado al fondo del local, y me encontraba en el umbral de la trastienda. Me asomé con cuidado, para que no me viera, y vi al autor de los pasos.

Llevaba una bata blanca y unos zapatos negros relucientes. Sin duda era el doctor Caniveli. Estaba tan concentrado mirando a través de un microscopio que no se percató de mi presencia. Entonces sentí que caía al vacío y fue cuando desperté sobresaltado en la biblioteca. Estaba tirado en el suelo, y me dolía mucho la cabeza. Me incorporé y recogí las postales. A la mañana siguiente, fui a ver al anticuario y se las devolví. Le propuse que las destruyera, pero me dijo que no se atrevía y volvió a guardarlas en la caja fuerte.

Acudí al hospital para que me vieran la herida que tenía en la cabeza. La enfermera me pidió que me tumbara en la camilla y que esperara al médico. Cerré los ojos unos instantes y apareció un doctor. Mientras palpaba la herida para asegurarse que no había fractura me preguntó por lo ocurrido. Obviamente omití lo sobrenatural y le resumí la historia diciéndole que había tropezado con una silla. Sí le dije que mientras estuve inconsciente había tenido un sueño extraño. Me dijo que era totalmente normal. Entonces se alejó y me llamó la atención el sonido de sus pasos. Abrí los ojos y vi sus zapatos… zapatos de piel, negros y relucientes….¡Los mismos que vestía el doctor Caniveli en mi sueño!

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