Una casa con alma

Hace años, de camino a casa en una noche cerrada, una intensa lluvia me sorprendió en una solitaria calle de Vegueta. Recuerdo que me guarecí bajo el dintel de una vieja casona para secar las lentes de mis gafas, y mientras esperaba a que cesara el diluvio observé que la casa estaba deshabitada y que en la puerta colgaba un aviso de derribo. Según el cartel, a la mañana siguiente la casa sería reducida a escombros, dejando en pie tan solo la fachada.
La lluvia comenzó a mojarme los zapatos y me arrimé a la puerta mientras buscaba con la mirada un refugio más amplio en los portales cercanos. Para mi sorpresa, la puerta cedió y me vi con un pie en el interior de la mansión. El zaguán al que había entrado por accidente era un lugar lúgubre, húmedo y polvoriento. Encendí la pantalla de mi móvil y pude ver los desgastados azulejos esmaltados que decoraban las paredes con motivos geométricos, en contraste con los puntales amarillos que sostenían las vigas carcomidas del techo. En un rincón había material de construcción, y entre arneses y cascos de obra, encontré una buena linterna con baterías que no dudé en encender.
Armado de valor y movido por la curiosidad, atravesé la puerta que conducía a un patio que había sido invadido por la maleza, y el haz de la linterna iluminó el brocal de un pozo tan antiguo como la propia ciudad. Al fondo, una ancha escalera de piedra conducía a la planta superior. El murmullo del viento era tan fuerte en el interior de la casa que parecía que hablase, pero no sentí miedo, aunque mi corazón latía muy deprisa. Diluviando, ascendí por los peldaños de cantería y recorrí la galería de madera que crujía a cada paso. Consciente del peligro que corría, me pegué a la pared y avancé con mucho cuidado explorando cada nueva estancia.
La mayoría de las habitaciones estaban vacías, a excepción de alguna silla o viejo armario, y habían sido desprovistas de puertas y ventanas, por lo que la tenue luz que provenía de la calle se colaba por algunos de los vanos transformando los objetos en oscuras siluetas que se alargaban sobre pisos y paredes. Al final del corredor encontré una empinada escalera de madera que me llevó a un torreón. La puerta estaba abierta y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando mi linterna encontró unos ojos que me miraban fijamente. Se trataba de un retrato al óleo de un señor de porte aristocrático, mirada seria y enormes bigotes. Vestía de negro y de su chaleco colgaba una leontina de oro.
El cuadro estaba apoyado en la pared y la figura parecía vigilar la entrada. Recuperado del susto descubrí una estancia con amplios ventanales que ofrecían una magnífica vista de la ciudad y de la bahía. Solitario en mitad de la sala, un robusto escritorio y una silla que puse en pie. Y fue al levantar la silla cuando vi algo en el suelo que llamó mi atención. Se trataba de un par de libros, unos binoculares antiguos y una desgastada fotografía. Iluminé mi descubrimiento y tomé una instantánea con mi teléfono. Luego deposité los objetos sobre el escritorio para examinarlos. En la fotografía se veía un despacho con tres elegantes caballeros sentados detrás de un escritorio, y un cuarto hombre de pie junto a una caja fuerte. Sin duda, el señor situado en el centro de la imagen era el mismo que aparecía en el retrato.
Los binoculares estaban muy oxidados, pero aún cumplían su función. A través de los sucios cristales de uno de los ventanales, pude ver los tejados del casco antiguo de Las Palmas y entre ellos, la torre norte de la catedral, oscura y difuminada por el temporal de agua. El primero de los libros se llamaba ‘Misterios del Mar’, y había sido impreso en 1891. El volumen contenía bellísimas litografías de bestias marinas, buzos y barcos hundidos. El otro libro era un cuaderno manuscrito. Acerqué la luz y pude ver unas fechas escritas a plumilla en la cubierta; 1888-1890. Lo abrí con mucho cuidado pues parecía bastante frágil, y en sus páginas descubrí viejas cartas comerciales. Pasé un buen rato descifrando la preciosa pero deteriorada caligrafía. Sus renglones hablaban de bergantines, goletas, vapores, canela de la china, pólvora, ginebra, New York, Hamburgo, La Guaira, París… Sin duda, aquel torreón había sido una magnífica atalaya desde la que observar, a simple vista o a golpe de prismáticos, el ir y venir de vapores y veleros a los muelles de la ciudad.
Emocionado por el hallazgo, perdí la noción del tiempo ojeando el cuaderno y la batería de la linterna se rindió, quedándome en la más absoluta oscuridad. Sin dudarlo, guardé los objetos encontrados en mi cartera de cuero y guiado por la linterna de mi teléfono móvil, abandoné el torreón, descendí la escalera, atravesé la galería y dejando atrás el pozo alcancé la entrada principal. Aún seguía lloviendo, pero poco me importó. Antes de salir cerré la puerta y mientras avanzaba bajo la lluvia sentí tristeza. Al día siguiente desaparecían los azulejos, los corredores y galerías, las vigas de tea… y con ellos el alma y la historia de esa antigua mansión y de sus habitantes. Aunque no del todo. En mi cartera había salvado parte de ella.
A la mañana siguiente desperté con la sensación de haberlo soñado todo. Recordaba, aunque de manera difusa, que huyendo de la lluvia había encontrado refugio en una casa abandonada, y que en un acto de temeridad había transitado por sus salones y galerías. Supe que no fue un sueño porque al mirar en el interior de mi cartera hallé la vieja fotografía, los binoculares, el libro y el cuaderno. Días después volví a Vegueta y busqué la casa. La imponente fachada ahora parecía parte de un decorado. Su interior había desaparecido. Entre las derruidas piedras de los muros y los tablones astillados asomaba indemne el brocal del viejo pozo, aunque no por mucho tiempo. Y junto a él, entre los restos, identifiqué la mirada seria y penetrante del caballero del retrato, ahora hecho pedazos.

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