Tintorería París

El archivo fotográfico que la FEDAC pone a disposición del público es un patrimonio material de gran valor para los que como a mí, nos gusta observar con detenimiento cómo era nuestra ciudad en el pasado. Hoy rescatamos una fotografía de la colección del pintor canario Jesús Arencibia con la intención de recuperar la memoria del que fue el mejor establecimiento en su género: la Tintorería París.

El año de creación en la ficha que aporta la FEDAC está en blanco, pero estoy casi seguro que fue tomada en 1933, pues parece pertenecer a una serie de fotografías que se hicieron ese año en la cabalgata de Carnaval. Una de ellas me sirvió para viajar al pasado y conocer La bota de París. Es curioso ver cómo algunos de nuestros antiguos comerciantes usaban la capital francesa para dar glamour a los nombres de sus establecimientos.

Pero dejemos a un lado a la preciosa ciudad de la luz y regresemos a la no menos encantadora cuidad de Las Palmas de Gran Canaria en la década de los treinta, inmortalizada en el encuadre de esta fotografía. 

Antes de dejar nuestra prenda en la Tintorería París, veamos qué comercios tenía a uno y a otro lado. 

A su izquierda, en el número 96, salta a la vista el rótulo del distribuidor de Singer en Las Palmas de Gran Canaria, que contaba con otra tienda en Albareda número 140. En sus anuncios recomendaban sus máquinas tanto para uso doméstico como industrial, e impartían cursos gratuitos para aprender a bordar y a cortar con sus patrones. Al otro lado, en el 104, en ese momento estaba la sede de la Mutua Canaria de Amortizaciones y Edificación.

La historia de la Tintorería París comienza en 1908, y fue fundada por don Alfredo Rivas Smith, gallego de nacimiento que había aprendido el oficio de su padre y que transmitió a su hijo. Empezó con unas modestas instalaciones que fueron creciendo junto a su buena reputación, por la excelencia de sus trabajos, hasta convertirse en la mejor de la ciudad. 

Además del despacho en Triana 98, tenían otro en Albareda 192, y sus amplios talleres estaban en la calle Victor Hugo, en las Alcaravaneras.

Su tintorería contaba con los últimos adelantos, a la altura de las de la península o el extranjero, y no había otra en la capital que le hiciera sombra. Tan seguro estaba don Alfredo de sus servicios que afirmaba que la satisfacción de sus clientes era su mejor publicidad.

No era una simple tintorería, era más un laboratorio donde los empleados analizaban la mancha con meticulosidad, para luego eliminarla usando los líquidos adecuados sin estropear la prenda.  Ningún lamparón de tinta o de pintura se resistía. Así un traje que entraba en estado deplorable salía del taller completamente nuevo para asombro del cliente.

Además la Tintorería París era la única en Canarias que lavaba en seco. La máquina empleada centrifugaba la prenda y unos líquidos que recorrían una compleja red de tubos y grifos se encargaban de extraer la grasa y el polvo adherido al tejido. Los residuos, ya cristalizados, se depositaban en un aparato cilíndrico. Así un caballero podía salir hecho un pincel de la tintorería en menos de cuarenta y cinco minutos.

Guantes, sombreros, pieles, abrigos… salían del taller en idénticas condiciones que cuando fueron adquiridos en la tienda por primera vez. Y si tenías un traje rojo y lo querías teñir de azul lo hacían con todas las garantías, asegurándote la pureza del color. 

Y esta es, a grandes rasgos, la historia de la Tintorería París. ¿La conocías?

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