Bazar Santa Catalina

Llevo unos días alojado en El Rayo y antes de mediodía entregaré la llave en recepción y tomaré el tranvía de vuelta a mi escritorio. Subir en ese artefacto es toda una experiencia. Sorprende su interior, con toda esa madera que cruje cuando el vagón traquetea, y la curiosa campanilla que toca el malhumorado conductor cuando un carro o un perro callejero invade la vía. Y qué decir de las vistas. La ciudad de Las Palmas, desde el asiento abatible del vagón, es una dama encantadora y desconocida.
Hoy es 24 de enero de 1912, y si mi reloj de bolsillo no miente faltan dos minutos para las ocho de la mañana. El tiempo apenas ha cambiado desde que llegué. Continúa lloviendo y hace bastante frío. El gabán y el sombrero me han salvado de un buen resfriado durante mis largos paseos por el muelle. Ya tengo la maleta casi preparada, y la máquina de escribir reposa en su estuche. También me he afeitado el bigote y he pedido un desayuno inglés al servicio de habitaciones. He entablado amistad con el director del hotel. El primer día fui invitado a tomar el té, y tras darle a leer mi reseña sobre su establecimiento quedó encantado y me invitó a permanecer en él los días que quisiera, con todo pagado. Pero no he querido abusar de su confianza, y no me he quedado más tiempo del que ha abonado el periódico para el que escribo.
En este preciso momento disfruto de una taza de café junto a la ventana, distraigo la vista con lo que sucede en la bahía y escribo en mi cuaderno. Ayer hice un descubrimiento y no quería abandonar El Rayo sin dejarlo por escrito. Resulta que en uno de esos paseos al caer la tarde dirigí mis pasos hacia el muelle de Santa Catalina con la intención de ver un esbelto vapor francés que había visto atracar el día antes.
Refugiado en mi gabán recorrí los poco más de ciento cincuenta metros que separan el hotel de la zona portuaria, y fue al pasar entre las naves de Elder y Miller cuando mis relucientes zapatos recién betunados pararon en seco. Este viajero en el tiempo que escribe no había reparado antes en un exótico comercio ubicado en un local de la Miller, muy distinto a los de Triana, y cuya aparición hizo que me olvidara por completo del navío galo.

Lo primero que llamó mi atención fueron los rótulos que flanqueaban la entrada. Estaban escritos en inglés. Uno de ellos anunciaba la venta de curiosidades canarias y moriscas, dibujos nativos, adornos de plata y bordados. El otro informaba de que allí se hacían trabajos de mimbre, a la vez que se vendían cigarros, vinos de Madeira y cerveza. Mientras leía absorto los carteles, a punto estuve de ser atropellado por el tranvía. Gracias a un niño, aprendíz de carterista, que tiró de mí en el último momento salvándome la vida y aprovechando el momento para birlarme mi cartera nueva. Hecho del que me daría cuenta más tarde. Recuperado del susto me acerqué dispuesto a atravesar el umbral de aquel extraño comercio, ante la atenta mirada de dos caballeros que disfrutaban en silencio de una copa de vino, apoltronados a ambos lados de la entrada en unos cómodos sillones de mimbre.
Una vez dentro, descubrí una tienda amplia pero atiborrada, en la que apenas se podía caminar sin tropezar con cualquier cosa. Había muy poca luz y el aire estaba viciado debido al fuerte olor a incienso prendido por los cuatro costados. Miré hacia la entrada y entre el humo gris vi la silueta a contraluz de un marinero sosteniendo una jaula en el aire que rotaba sobre su eje, la de un niño probándose un curioso sombrero, y más allá la de una mujer agachándose para acariciar el dibujo de una alfombra persa. Seguí avanzando y me detuve a observar el contenido de una vitrina. Fue entonces cuando un hombrecillo de corta estatura, tez oscura y turbante apareció de la nada luciendo una amplia sonrisa. Jamás había visto unos dientes tan blancos y brillantes, ni unos ojos tan negros y profundos.
Monsieur. ¿Desea ver algo de la vitrina?- indagó.
-¡Oh no! Solo he entrado a curiosear.- respondí algo avergonzado.
-Entonces está usted en el lugar indicado- dijo con aquel acento extraño mientras me hacía un gesto para que le siguiera. Y así lo hice, le seguí hasta la trastienda, como hipnotizado. El taimado vendedor miró con desconfianza hacia el exterior y corrió la cortina. Entonces se acercó a mí y mascuyó: -¿Usted es el escritor que se hospeda en El Rayo?- Dije que sí y acto seguido se dirigió a una esquina de la habitación y rebuscó en un arcón. Volvió con algo envuelto en un trapo y me dijo: -Sé de dónde viene y lo que hace, y esto es para usted.- No quise ser descortés y lo desenvolví con cuidado. Entonces descubrí horrorizado lo que parecía ser una mano diminuta, negra como el ébano y reseca. -¿Qué es?- pregunté mientras la sostenía con dos dedos. -Es la mano disecada de un babuino. ¡Un poderoso amuleto!- Comprendí que aquel hombre se ofendería si le decía que no la quería así que asentí e hice ademán de sacar la cartera del bolsillo de mi gabán para darle algo de dinero y entonces me di cuenta de que me la habían robado. El hombre me agarró del brazo y me dijo: -Es un regalo. La mano concede cinco deseos, pero tenga cuidado con lo que pide, ¡puede volverse en su contra! –
Salí de la tienda de curiosidades con la mano de un mono en el bolsillo y aquella extraña advertencia resonando en mis oídos. -¡Supercherías!- me dije, y a punto estuve de arrojarla a una papelera pero pensé: -Quizá sirva para recuperar mi cartera- y sosteniéndola en mi mano pedí mi primer deseo. Estuve unos minutos esperando a que surtiera efecto, pero no sucedió nada. Lo único que pasó fue que el dedo meñique de aquella mano comenzó a contraerse, algo que achaqué a la humedad y a un pésimo trabajo de taxidermia. Seguí mi camino hacia El Rayo y al pasar por delante de la recepción un empleado se acercó con mi cartera en la mano, afirmando haberla encontrado tirada en un pasillo. Extrañado, comprobé su contenido y estaba todo menos mi identificación como colaborador del periódico. Pensé que tal vez la había olvidado en casa.
Subí a mi habitación dándole vueltas al asunto. ¿Y si aquel chico jamás me robó la cartera? ¿Y si la recuperé gracias a la mano? Terminó el día y de madrugada tocaron a la puerta. A priori pensé que en el hotel se había declarado un incendio, pero cuando abrí me encontré con el director en batín, acompañado de dos policías. Al parecer, esa noche se había cometido un robo en una sombrerería y mi credencial había sido hallada en la escena del crimen. Gracias a que tenía coartada no estoy hoy entre rejas. Estuve jugando a las cartas hasta tarde con el propio director y unos amigos extranjeros. Todos huéspedes del hotel, y dieron fe de ello. Aún así queda explicar cómo llegó mi documento hasta aquel lugar, y para ello he de presentarme hoy en comisaría. Tal vez la mano pueda ayudarme con este asunto… pediré un segundo deseo… ya está… qué extraño… ¡el dedo anular se ha contraído!

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