Un castillo en ruinas

Estimador lector,
el relato que hoy le ofrezco es el desenlace de la trama que comenzó en el Hotel El Rayo y que luego continuó en el Bazar Santa Catalina. Si no los leyó, aún está a tiempo. Luego podrá adentrarse en este castillo en ruinas.

Hace unas horas que salí de la comisaría y misteriosamente he sido absuelto del atraco a la sombrerería. Ahora estoy en el tranvía que va para Las Palmas de regreso a mi escritorio, y aprovecharé el trayecto para relatar en mi cuaderno todo lo acontecido. Anticipo al lector que no he podido averiguar cómo acabó mi credencial en la escena del crimen. Eso es algo que achaco a algún tipo de magia o brujería que no puedo explicar con la razón.
Lo cierto es que podría haber regresado al presente y haber dejado en ascuas a la policía, pero dejar ese tema pendiente me hubiera traído problemas si más adelante decidiera volver a este año de 1912, pues aunque puedo regresar con otra identidad, no puedo cambiar mi rostro y me reconocerían, aunque me dejase barba o bigote.
Respecto al maldito amuleto, volví al Bazar Santa Catalina con la intención de devolverlo, pero estaba cerrado a cal y canto. Es más, habían retirado los carteles de la fachada y al mirar por una de las ventanas vi que dentro no quedaba más mercancía que una solitaria jaula de mimbre en mitad de la nada. Pregunté a un guardia y señalándome un vapor en el horizonte que se alejaba, me dijo que había visto embarcar a ese hombrecillo con turbante con toda su mercancía, y que le había oído decir que regresaba definitivamente a su país de origen. Si no fuera porque el guardia no me perdía de vista, mirándome como si yo fuera un fantasma, hubiera tirado la mano al agua y santas pascuas.
Me quedé allí hasta que desapareció el barco en la lejanía y luego volví sobre mis pasos. Me aguardaban en la comisaría para que explicara cómo había acabado mi identificación en la sombrerería. Pero no fue necesario articular palabra. Cuando entré en el despacho del agente que llevaba el caso éste me recibió con una gran sonrisa y me estrechó la mano. Acto seguido me invitó a tomar asiento y exclamó: -Ya hemos atrapado a los delincuentes. Están en el calabozo. ¿Por qué no me dijo que había estado en la sombrerería como cliente?-
-¿Cómo dice?- contesté asombrado.
-El dependiente le reconoció enseguida al ver su foto en el carnet. Dijo que le vendió un sombrero y que probablemente se le habría caído al sacar la cartera. ¿Es ese que lleva puesto?-
Me lo quité y miré en su interior. Inexplicablemente, la etiqueta ponía: “Sombrerería de José Medina Miranda. Remedios, 10. Las Palmas.” Justo la que habían atracado. Jamás había pisado ese comercio. Aclarado el asunto, salí de la comisaria pensando que estaba volviéndome loco y entonces me di cuenta de que acababa de suceder justo lo que le había pedido a la mano, que era que me sacara de aquel embrollo.
Después de haber dejado mi habitación en El Rayo, salí con mi equipaje y eché a caminar siguiendo la línea de costa que lleva hasta Las Palmas con la intención de encontrar un lugar discreto para deshacerme del amuleto, y fue entonces cuando vi a lo lejos el ruinoso castillo de Santa Catalina, levantado en 1630 junto al istmo de la península de la Isleta. Mientras me aproximaba retumbaban en mi mente las palabras del vendedor: “La mano concede cinco deseos, pero tenga cuidado con lo que pide, ¡puede volverse en su contra!”. Ya había gastado dos de ellos y había sufrido las consecuencias. ¿quién se atrevería a pedir los tres restantes? Yo no, desde luego. Para librarme de la maldición subí a lo alto del castillo y me asomé entre los parapetos. La marea estaba subiendo y las olas golpeaban con fuerza los gruesos muros de la fortaleza. Saqué la mano de babuino del bolsillo y la miré un último momento. Luego la lancé lo más lejos que pude y donde cayó se formó un extraño y violento remolino que duró varios segundos.
Cuando estaba a punto de salir del castillo una sombra se abalanzó sobre mí y amenazándome con un cuchillo me robó mi maleta y mi máquina de escribir. Por suerte no se llevó mi cuaderno ni mi cartera. Pensé que ese sería el precio a pagar por el segundo deseo y que ya estaríamos en paz. Pero estaba equivocado.
Hace un momento, el pasajero que viajaba a mi lado en el tranvía se ha quejado porque había algo en el bolsillo de mi gabán que le estaba mojando la chaqueta. He metido la mano en mi bolsillo y he encontrado un manojo de algas y entre ellas la mano del babuino. No va ser fácil librarse de este amuleto. Tal vez deba pedir los tres deseos que faltan y asumir las consecuencias.
Lo que haré cuando llegue a casa es meterlo en una caja y guardarlo en mi gabinete de curiosidades, pero no lo colocaré a la vista en un estante, lo condenaré al olvido en un rincón oscuro de mi caja fuerte.

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