El cubil del dragón

Por más que he vuelto a transitar por el laberíntico entramado de callejones y recovecos de Whitechapel, en el East End londinense, no he podido encontrar la misteriosa librería donde me escondí de un maleante que me seguía, desde que me vio consultar mi reloj de oro al bajar del coche de punto.

Fue la última noche de noviembre de 1.888. Por aquella época me ganaba la vida como reportero para un conocido periódico y había salido en busca de algún suculento titular con el que alimentar el morbo de los lectores de la sección de sucesos de la edición de la mañana.

Una fuerte tormenta sacudía Londres y yo huía de ese ladrón a toda prisa, cobijado bajo mi capa y mi sombrero. Desorientado y sin aliento, llegué a un callejón oscuro y sin salida. Me escondí entre unos cubos de basura y la lejana luz de los faroles desdibujó la silueta del depredador, que me buscaba en la oscuridad con un enorme palo en la mano. Por un momento pensé que mi muerte iba a ser la noticia que había salido a buscar esa noche.

En ese instante, cuando creí no tener escapatoria, se iluminó un pequeño escaparate al fondo del callejón y mi verdugo salió corriendo. La fachada estaba enmarcada en madera y sobre la puerta había un extraño rótulo con un nombre bastante curioso: «El cubil del dragón». En busca de refugio corrí hacia la tienda y atravesé el umbral de la entrada. Una dulce campanilla anunció mi presencia y descubrí que se trataba de una librería bastante singular.

Fue cuando miraba a través de los cristales para asegurarme que aquel hombre había desaparecido cuando oí que alguien amartillaba un arma detrás de mí. En el reflejo del cristal descubrí un rostro que me apuntaba con una escopeta de caza. Me advirtió que si me movía era hombre muerto. Yo me limité a seguir sus órdenes y le expliqué que había llegado hasta allí huyendo de alguien con muy malas intenciones.

El caballero apoyó el cañón en mi espalda y registró mis bolsillos. Lo único que encontró fue mi cuaderno de notas y un lápiz. Me preguntó si era periodista y respondí que sí. Me dijo que Whitechapel no era un lugar seguro a esas horas de la noche. Luego bajó el arma y al fin pude darme la vuelta. Se disculpó por haberme encañonado y me entregó su tarjeta. Acto seguido me invitó a una taza de té.

El anciano desapareció un instante y observando a mi alrededor me di cuenta de que aquella librería no era como las que solía frecuentar. A primera vista podía parecer una más de las muchas que atestan las calles de Londres; con su mostrador lleno de papeles desordenados; un montón de correspondencia sin abrir; un grueso cuaderno de cuentas abierto por la mitad… y muchos, muchos libros cubriendo las paredes hasta el techo y formando vertiginosas torres en el suelo a punto de colapsar.

Lo que diferenciaba a esta librería de las demás era el halo de misterio que se respiraba en la tienda, y sobre todo la apariencia del librero que parecía haber vivido muchas vidas. Un tipo bastante raro que volvió con una taza humeante de la que tomé un sorbo para calmar mis ánimos. La bebida tenía un sabor extraño, sabía a canela pero había otro ingrediente que no pude identificar.
-¿Le gusta leer?- me preguntó.
-¡Desde luego! Pero hay tantos libros interesantes y tan poco tiempo.- Tomé otro sorbo de la bebida y empecé a notar cierto mareo.

Por un momento se me nubló la vista y a punto estuve de caerme. -¿Se encuentra bien? siéntese y tome otro sorbo…-
Volví a beber y sentí cómo mi cuerpo se paralizaba. Antes de perder el conocimiento el anciano me susurró una frase inquietante: -Voy a hacerle un regalo que cambiará su destino.-

Cuando abrí los ojos aún no había amanecido. Yacía en el suelo entre desperdicios y a mi nariz llegaba el hedor de las fábricas de cerveza y del orín donde los curtidores hervían el cuero. Me encontraba en uno de los muelles del Támesis. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Estaba muy débil, y los primeros rayos de la mañana me impidieron abrir los ojos. Palpé mi chaleco en busca de mi reloj de oro; un regalo de un pariente ya fallecido. Por suerte aún seguía allí.

Pensé que lo había soñado todo, pero en mi bolsillo encontré la tarjeta que me había dado aquel hombre. No había dirección alguna, solo un extraño dragón que con el paso del tiempo adopté como propio. Recuerdo que me oculté bajo mi capa y mi sombrero y caminé hasta que pude coger un coche hasta mi casa. Había sufrido quemaduras en el cuello y en las manos por efecto del sol, y tuve que correr las cortinas porque la luz del exterior me molestaba sobremanera.

Lo más inquietante era la extraña mordedura que tenía en el cuello. Me acosté en un diván y caí en un profundo sueño, mientras la fiebre poseía mi cuerpo y tenía terribles pesadillas. Al volver en mí, el ama de llaves yacía en el suelo de mi apartamento, pálida e inerte. Tenía un sabor extraño en la boca y las manos manchadas de sangre. Nunca creí en vampiros, hasta esa noche en la que entré en «El cubil del dragón».

Ha pasado más de un siglo desde que me refugié en aquella librería regentada por un bebedor de sangre. Ahora tengo todo el tiempo del mundo para leer todos los libros del mundo, y llenar mi cabeza de las mentiras escritas por los mejores embusteros de la historia.

Sigo trabajando como periodista y a lo largo del tiempo he tenido que adoptar diferentes identidades para no llamar la atención de los mortales. Duermo de día y escribo de noche para varios periódicos digitales. Cuanto termino mis artículos recorro las calles de Londres en busca de alguna víctima con la que saciar mi sed y si me sobra tiempo, antes de que amanezca, regreso al laberíntico Whitechapel en busca de la misteriosa librería que nunca encuentro.

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