Fotingos en Bravo Murillo

Hoy voy en busca de un concesionario de los años 20, ¿me acompaña?

A finales de los años 20 del siglo pasado, los fotógrafos Teodoro Maisch, Curt Herrmann, Perestrello y Juan Barrera se aliaron para ilustrar con sus fotografías un lujoso álbum titulado “Las Palmas (Gran Canaria) Artística e industrial”, que incluía un resumen histórico de la capital y de su provincia, además de numerosos anuncios comerciales.

Descubrí el álbum en una exposición temporal en el Faro de Maspalomas sobre sombreros. Pero si a usted le pica la curiosidad, puede verlo en digital en la web Memoria Digital de Canarias de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pinchando aquí.

Transitar por sus más de 80 páginas es emprender un bonito viaje en el tiempo, donde descubrirá cómo era nuestra ciudad hace casi cien años. Cuando llegue a la página 47 deténgase unos instantes. En ella verá dos anuncios, uno del Bar Confitería La Mallorquina, que perteneció a Bartolomé Juan Roca, y otro de un concesionario de automóviles, propiedad de Felipe González.

Según reza este último anuncio, González se dedicaba a la venta de automóviles, accesorios y de maquinaria en general, y tenía su negocio en el Paseo Bravo Murillo, 7. Ahora escudriñemos la fotografía. En ella pueden verse tres automóviles, uno de ellos descapotable. Junto a una columna hay unos estantes con faros, dinámos, y otras piezas, coronados  por la maqueta de un velero. Completan la escena en blanco y negro un cartel publicitario y un reclamo en cartón de un señor sujetando un neumático junto al escaparate.

Dejemos por un momento las páginas del álbum y los maravillosos años 20 y volvamos al presente. Estamos ahora en la calle Bravo Murillo, y buscamos el edificio donde un día estuvo este concesionario. Aquí está.

Sorprendentemente el local permanece intacto, conservando incluso la carpintería que vemos en la fotografía antigua. Se encuentra vacío, pero no hace tanto fue un almacén de papel. Ahora ahuequemos las manos para mirar a través de los cristales. No hay ni rastro de los fotingos, aunque puede que en algunas de sus dependencias queden vestigios del desaparecido concesionario. Viejos carteles, folletos publicitarios, algún neumático… quién sabe.

Ahora, si lo desea, puede regresar al álbum y continuar viajando en el tiempo. Yo volveré a mi escritorio para seguir persiguiendo ecos pasados.

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