El libro de Elisa

Si es usted asiduo lector de mis artículos es seguro que le sucede lo que a mí, que se siente atraído por el pasado de Las Palmas y sus curiosidades. En mi caso no sé cómo me las apaño pero siempre tengo alguna cuartilla emborronada en el bolsillo con algo que ha llamado mi atención, y si ese algo está envuelto en halo de misterio y esconde un enigma que tenga difícil solución consultando en archivos y hemerotecas, mejor que mejor.

Esas cuartillas, junto a las notas que voy tomando en mi cuaderno, terminan convirtiéndose en una nueva publicación. Confieso que no publico todo lo que investigo. Algunos de mis trabajos permanecen inéditos por distintos motivos, guardados en algún cajón de mi secreter.

Cuando no estoy por las calles del casco antiguo ejerciendo de detective privado, o en algún archivo como buen ratón de biblioteca que soy, gasto parte de mi tiempo en leer, y sé que no leo todo lo que debiera. Leo porque tengo tanto que aprender, y a mí que me encanta viajar al pasado, he encontrado algunos libros de papel que son auténticas máquinas del tiempo. Usted, que como yo, se siente atraído por el pasado de la ciudad que le vio nacer, puede que coincida conmigo en esto de que los libros te hacen retroceder. Como ejemplo, pondré una obra de mi amigo don José Miguel Alzola González, cuyo título es Don Chano Corvo: Crónica de un jardinero y su jardín. Si no lo ha leído le envidio. Es de esos libros que uno no desea acabar. A mí me lo regaló el autor personalmente, la primera vez que estuve en su despacho de la Peregrina, allá por 2009. Cosas del destino.

Devoré la historia aquella misma noche. A ese apetito literario contribuyó la atmósfera donde trabajaba el venerable anciano, que contaba entonces 96 años, y que era el mismo escenario donde se desarrollaba dicha historia, que no novela aunque lo parezca, de don Chano, su tío abuelo. Otro libro que produce el mismo efecto en mí, también de Alzola, es Biografía de una calle: La Peregrina. Este libro es un agradable recorrido en el tiempo por cada una de sus casas y de las familias que las habitaron.

Anoche volví a recorrer esa calle desde mi cama, guiado por la agradable voz de José Miguel. Y mire como son las cosas que paseando entre las páginas me detuve forzosamente ante la casa con el nº 15 al tropezar con un nombre que me resultó familiar. Lo había visto manuscrito en la guarda de algún viejo libro de mi biblioteca y hasta entonces lo había pasado por alto, ¿pero en cuál? Abandoné el paseo por la Peregrina sobre la mesa de noche y fui a buscar en los estantes el nombre de una mujer: Elisa Penichet Morales. El librito, publicado en 1882, apareció emparedado entre un grueso tratado de caligrafía de finales del XIX y otro de mecanografía de principios del XX.

Casi se me escapa, debido a sus pequeñas dimensiones y a su lomo tan estrecho. En su cubierta podía leerse: “Programas de primera enseñanza. Geografía. Cuarta edición.”

Revisé sus guardas y allí estaba el nombre de esa mujer, acompañado de una fecha: 1 de junio de 1883. Volví a mi cama con el librito bajo el brazo tratando de recordar, sin éxito, cómo había llegado a mis manos. Una vez en la cama regresé al libro de Alzola para que él mismo me contara la historia de su antigua propietaria.

En la siguiente fotografía podemos ver, de pie, a don Antonio Grondona Díaz y a doña Elisa Penichet Morales. Sentada, doña Dolores Penichet Morales con María de la Soledad sobre sus rodillas.

Según relató en sus páginas, Elisa heredó la casa de los Santos Nombres, que así es como se conoce al inmueble número 15 de la Peregrina, en 1887, cuando aún era una niña. Se mudaría con su padre (su madre ya había fallecido) y algunos tíos y primos. Luego contraería matrimonio con Antonio Grondona Díaz, rico propietario y agricultor. El fruto de esa unión fue una única hija, María de la Soledad, que acabó casándose con don Gonzalo Cullen del Castillo, abogado y secretario de varios gobernadores civiles. Leída la historia de Elisa dejé los libros y apagué la lámpara de la mesilla. Me quedé dormido con una pregunta sobre la almohada. ¿Cómo llegó ese librito a mi biblioteca? Eso sí que era un misterio.

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