El hotel Regina

Hoy, el número 1 de la Alameda de Colón es la sede del Centro de Iniciativas de la Caja de Canarias (CICCA), pero a principios del siglo XX el inmueble lo ocupó un hotel, el hotel Regina.

Así lo atestigua la fotografía que encabeza este artículo y que fue tomada alrededor de 1927 por el fotógrafo Leopoldo Pietro, y que podemos disfrutar gracias a las labores de rescate y conservación que lleva a cabo la FEDAC. 

La panorámica, tomada desde un torreón que corona el Gabinete Literario, ofrece una evocadora estampa del corazón de la ciudad en una época en la que el puente de piedra era cruzado por ruidosos automóviles y pausadas tartanas, ante la atenta mirada de las esculturas que representan a las cuatro estaciones.

En 1923, el hotel Regina era elogiado en la prensa por su comodidad y su excelente mesa, y recomendado a los viajeros, por encima del Madrid, el Europa, el Monopol y el Continental. Regentado por don Pedro Vallés y su esposa, doña Teresa Rivalta, ofrecía un esmerado servicio, y en una de sus habitaciones se hospedó Miguel de Unamuno, antes de partir para París en 1924.

Así lo recogió en su diario el escritor y filósofo español de la Generación del 98: “En Las Palmas a no salir. Vienen a verme a bordo: El capitán Jaime Ferrer Verdaguer, Alonso Quesada, Rivero, etc. Socialistas, republicanos. La policía a bordo, no salimos sino sacados y a donde nos lleven. Volvemos al Hotel Regina y esperamos hasta vapor día 9. Tenemos que pensar en el arreglo. En el Hotel Regina. Por la tarde excursión a Santa Brígida y San Mateo; ración de verdor: reconstruyendo recuerdos de hace quince años. Carnaval en la carretera. Habrá quien recluido se ponga una careta y mirándose en el espejo y disfrazando la voz: ¿Me conoces?”

Los libros de registro del Regina han desaparecido, aún así la prensa de la época permite rescatar la memoria de algunos de sus huéspedes. 

En marzo de 1924, la habitación número 31 estuvo ocupada por una señora inglesa que había llegado con pesados baúles repletos de vestidos de crespón de la China, negros y en color, blusas y blusones de seda y otras cosas de novedad, y los exponía en el propio hotel para su venta.

En julio del mismo año, uno de los huéspedes salió a pasear y llegó hasta la calle Cano. Cuando regresó a su habitación se dió cuenta de que el imperdible de oro con una perla blanca que llevaba en una de sus prendas ya no estaba en su lugar. Era un recuerdo familiar, y quien lo devolviera sería gratificado. No sabemos si apareció.

A comienzos de febrero de 1928 se hospedó un señor llamado don Manuel Luna. Llegó a Las Palmas de Gran Canaria para ocuparse de la venta de los restos de un naufragio, el del vapor pesquero “Michael Ging”. A la venta estaban todos los efectos que habían podido salvar. Redes, cables de arrastre, faroles, bitácoras, anclas, cadenas, incluso el propio casco del buque que se hallaba varado sobre la arena de la playa del Romeral, en el sur de la isla. Quien estuviera interesado en adquirir efectos del malogrado vapor debía acercarse al mostrador del Regina y preguntar por el señor Luna.

Seguimos en 1928. Del 17 al 25 de marzo ocupó una de las habitaciones un viajante de una afamada casa de modas de Madrid. Traía una magnífica colección de moda femenina para primavera, con infinidad de modelos de abrigos y vestidos de tarde y noche, y que sería expuesta en una de las estancias del Regina. En octubre de ese año, llegó Madame Simón. Venía de París, y traía un extenso surtido de trajes y renards para señora.

En octubre de 1930 apareció un anuncio en un periódico solicitando un botones. Los aspirantes al puesto debían presentarse de diez a doce de la mañana en el Regina. Quien consiguiera el trabajo es seguro que un mes después, a comienzos de diciembre, le tocaría sudar la gota gorda cargando con el pesado y numeroso equipaje del representante de los Almacenes París Elegant, que traía trajes de noche para señoras, abrigos de piel de todas clases, renards auténticos y estolas, abrigos de lana, tweed y paño amazona, vestidos de lana de tres piezas y de punto de últimas creaciones e infinidad de artículos más. La venta, a precios baratísimos, se llevó a cabo de nuevo en uno de los salones del hotel Regina, y fue todo un éxito.

En septiembre de 1931, un dandi deambulaba con una copa de champán por el patio del hotel. Se llamaba Lorenzo Serrano, y era el representante de la acreditada camisería Galán, de Sevilla. Acababa de registrarse y mientras esperaba a que su habitación estuviera lista, observaba como el sufrido botones volvía a sudar el uniforme transportando su equipaje. En él traía un extenso muestrario para la presente temporada que sería expuesto en el comercio de don Emilio Aquino, en el número 5 de la calle Torres.

Pero no todo era moda. En julio de 1932, el prestigioso doctor Antonio G. Tapia, profesor de la Facultad de Medicina de Madrid, comunicaba que hasta el 15 de agosto pasaría consulta en su habitación del hotel Regina.

A mediadios de 1935 la historia del Regina tocó a su fin. Su nuevo propietario, don Francisco Giner, sometió el edificio a una profunda remodelación, y lo llamó como el café que regentaba al doblar la esquina, en la calle Muro: Negresco. El nuevo Negresco contaría con modernas instalaciones a la altura de los grandes hoteles europeos, convirtiéndose así en uno de los mejores hoteles de la isla.

A finales de los años treinta existió otro hotel Regina en el Puerto, en el nº 5 de la calle Ripoche, propiedad de Robustiano Caso Martínez, que lo mantuvo hasta bien entrados los años sesenta, pero jamás alcanzó el nivel y la fama del primero.

El Negresco acabó cerrando y el inmueble, diseñado por el arquitecto Ponce de León a mediados del siglo XIX, fue adquirido por el Monte de Piedad de la Caja de Canarias, que lo utilizó como sede hasta 1974, para convertirlo décadas más tarde en un centro cultural. Cuando vaciaron el edificio para convertirlo en lo que hoy es, en el polvo de los escombros se fueron las historias de los miles de huéspedes que en la primera mitad del siglo XX ocuparon las habitaciones del Regina y del Negresco.

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