El chófer del coronel

En mi álbum familiar guardo una antigua fotografía que para mí es un tesoro. En ella aparece un caballero uniformado posando junto a un Ford V8 Flathead, que por lo que he podido averiguar por el diseño de la parrilla y las tres lamas cromadas junto al motor, corresponde al modelo de 1936.

El apuesto caballero uniformado de pantalones bombachos, gorra ladeada y bigote perfilado es don Antonio Reguera González, mi abuelo paterno, y la fotografía fue tomada en África, concretamente en Sidi-Ifni, durante su servicio militar a principios de los años cuarenta.

Mi abuelo nació en Lanzarote en 1924, y a sus 96 años mantiene intacta la memoria. Oírle contar la historia de su vida es una maravilla, y aunque hoy no reside en Gran Canaria, de vez en cuando me llega un audio donde él relata de primera mano algunos episodios interesantes de su vida. En una de esas grabaciones revela la historia que se esconde detrás de esta fotografía, cuando fue llamado a filas con veinte años para servir en el Cuerpo de Tiradores de Ifni.

Cuenta que tuvo mucha suerte, pues nada más pisar África le asignaron ser el chófer del coronel. Y es que el puesto tenía numerosas ventajas, pues se libró de guardias, imaginarias e instrucciones. Además dormía apartado de la tropa, en un barracón próximo a las cocheras.

Pero estos privilegios no le libraron de sufrir las mismas calamidades que al resto. Encontrar gorgojos en la comida era algo habitual, y no quedaba otra que apartarlos con la cuchara. Un día, al poco de llegar, fue víctima de una broma pesada. En el plato de comida encontró la muela de un camello. El teniente se percató y le hizo pasar a la cocina. Los cocineros fueron castigados a correr en el patio durante horas, no sin antes prepararle como compensación dos huevos y unas papas fritas que en aquellas circunstancias eran todo un manjar.

Pero los gorgojos no vivían solos, compartían el cuartel con los chinches. La necesidad agudiza el ingenio y para librarse de ellos colocaba unas latas llenas de gasoil en las patas del catre y untaba los hierros con grasa de automóvil para que no alcanzaran el colchón.

El chófer del coronel estaba también al servicio de su esposa y de la hija. La señorita solicitaba sus servicios con frecuencia, casi más que el oficial. Cuando no lo llamaba para ir al cementerio lo requería para que la llevara al cine.

La señorita del coronel iba al camposanto con frecuencia a depositar flores en la tumba de una hermana que había fallecido con pocos meses, y a veces mi abuelo la acompañaba en la oración y le ayudaba a limpiar la lápida. 

Cuando la llevaba al cine, a la joven le daba reparo que se quedara en el coche leyendo y le insistía para que entrara al cine, a lo que él se negaba. Entonces la señorita aparecía sin mediar palabra y le deslizaba la entrada por la ventanilla.

Una noche, mientras dormía, apareció un soldado moro del cuerpo de guardia aporreando la puerta con la culata del fusil: —¡Chauffeur! ¡Chauffeaur!

—¿Qué pasa?

—¡El coche del coronel está ardiendo!

Mi abuelo salió en calzoncillos y vio que el precioso Ford V8 estaba envuelto en llamas. Todos trataban de apagar el fuego con tierra, y él quiso ayudar pero el teniente de guardia le ordenó que no se acercara y que fuera a vestirse.

Cuando regresó ya habían apagado el fuego y el coche, aún humeante, había quedado inservible. El oficial de guardia le preguntó: —Tú que fuiste el último en conducir el coche, ¿qué crees que produjo el fuego?

—Mi teniente, el coche tenía la batería puesta pero yo no noté nada cuando lo cerré.

—Canario, dime la verdad, ¿tú no fumas?

—Desengáñese. Yo no fumo,— contestó, —y si fumara no lo haría con el servicio que prestaba que era llevar a la hija del coronel al cine.

—¿Y cómo pudo haber empezado eso?

—No lo sé. Tal vez un mal contacto, qué se yo…

El incendio del coche le quitó el sueño, y pronto dio con la posible causa. A los pocos días fue llamado por el coronel. El soldado que protegía el despacho ya estaba avisado, y le hizo pasar de inmediato. El coronel, con gesto serio, le dijo: 

—Háblame como si yo fuera tu padre. Te digo tu padre porque sé que así no me vas a mentir. ¡Me tienes que decir la verdad!

—Sí, mi coronel.— Si una cosa había aprendido mi abuelo de su padre era que siempre había que decir la verdad, pero en aquella ocasión, por miedo a las consecuencias, no le quedaba otra que hacer una excepción, y debía emplear las palabras adecuadas para que no le cogiera en mentira.

—¿Qué sabes referente a lo del coche?

—Yo he opinado, y así se lo he dicho al brigada Maravel, que pudo haber sido un mal contacto de la batería. Yo entré el coche en marcha y funcionaba perfectamente.

—¡Yo me quedo en Babia!— gritó el coronel, —¡Yo me quedo si saber el motivo de la pérdida del coche!

—Mi coronel, cuánto siento yo no poder darle una respuesta.

—¡Te puedes retirar!

Mi abuelo salió del despacho quedando el asunto zanjado y el coronel y su familia sin coche oficial. La noche que mi abuelo no pegó ojo repasó al detalle su último servicio como chófer a los mandos de aquel flamante Ford V8.

Resulta que la tarde del desastre había llevado a la señorita del coronel al cine y disfrutado con ella de la película. Luego la dejó en su casa, y de camino a la cochera por una carretera polvorienta se encontró con dos reclutas, uno era un primo suyo, a los que invitó a subir al coche para que no tuvieran que volver andando.

Se bajaron antes de llegar al puesto de guardia y guardó el coche en la cochera. Mi abuelo recordó que su primo venía fumando, y todo apuntaba a que las brasas del cigarrillo cayeron en el tapizado del asiento delantero, dato que luego contrastó con él y reconoció que no había sido muy cuidadoso. 

Un día de 1945 se licenció. El coronel le ofreció quedarse a su servicio como chófer. Ya no formaría parte de la tropa, sería un civil militarizado con un buen sueldo que viviría y comería apartado de la tropa.

Pero mi abuelo echaba de menos a su madre y rechazó la oferta. Al día siguiente los soldados formaban en la playa listos para embarcar. A toda prisa hizo la maleta y subió a bordo del Minador Marte, que se encontraba fondeado en la bahía, rumbo a Gran Canaria.

Y esta es la historia de esta fotografía, en la que aparece don Antonio Reguera González; el chófer del coronel; mi querido Yeyo.

3 comentarios sobre “El chófer del coronel

  1. Eduardo, ¡Qué bien sabes convertir en texto las narraciones orales de tu abuelo! Tuve el placer de escucharlo describiendome este hecho, y tan placentero es la escucha de tu abuelo con su singular carácter cómo leer tus palabras.
    He disfrutado mucho con la lectura aportando muchos otros datos que desconocía.
    Gracias amigo. Un abrazo

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