La tienda de las curiosidades

Póngase el sombrero y venga conmigo. Viajaremos a Las Palmas en 1882 para atravesar el umbral de un establecimiento sin igual. ¡Bienvenido a la tienda de las curiosidades!

Son las diez de la mañana de un sábado cualquiera de 1882, y usted y yo nos encontramos en el barrio de Triana. Creo que no hace falta que le diga que nuestros brillantes zapatos descansan sobre los irregulares y polvorientos adoquines de la calle Muro.

A su espalda queda la Alameda, y al otro lado el Guiniguada, con ese precioso puente de piedra que perdimos, y del que tan solo nos queda las estatuas y unas viejas fotografías manchadas de nostalgia.

Pero no hemos venido hasta aquí para lamentarnos. Ya es demasiado tarde para eso. El motivo de nuestro viaje al pasado se encuentra justo ahí delante, muy cerca del puente. Acompáñeme. No hace falta que le diga que está usted muy elegante. Ya hemos llegado. Usted primero.

Nos hallamos en el comercio de Luis Suárez Urquía. Voy a acercarme a saludarlo y vuelvo enseguida. Mientras tanto, eche un vistazo al contenido de esas vitrinas.

Ya estoy con usted. Se habrá dado cuenta de que no estamos en un comercio de ultramarinos. Aquí se venden los más singulares artículos. Fíjese, con ese aparatito fabricado en Francia se obtienen preciosos retratos y magníficas vistas, y sin conocimientos de fotografía, por la insignificante cantidad de 30 reales de vellón.

Justo al lado hay una cajita de níquel. Es un tabaquero para llevar papel y tabaco. Además hace el cigarrillo con tanta facilidad y tan bien hecho como lo puede hacer el mejor torcedor. Particularmente me encanta ese escritorio portátil con todos los utensilios necesarios para la escritura. ¿Y qué me dice de esos álbumes para fotografías? están magníficamente encuadernados en piel, y llevan unos precisos adornos en plata sucia.

Vayamos a la otra vitrina. Mire ese juego de lotería representada por medio de figuras, es muy original. ¿Y ese sartén? ¿qué dice la publicidad? a ver… “Con la sartén prusiana puede cocinar un almuerzo en 5 minutos, y sin necesidad de combustible de ninguna especie” ¡Yo quiero uno!

Ahora vayamos al expositor de petacas y fosforeras. Me encantan las de plata. Bajo el cristal del mostrador hay más cosas: Portamonedas, carteras de bolsillo, nueces artificales de sorpresa, pinceles de pluma para la aguada… En las estanterías hay cuadernos y libros de contabilidad en blanco, justo debajo tenemos unas magníficas cajas para guantes, y en lo alto del todo, un surtido de efectos de escritorio, distinguiéndose las preciosas escribanías de plata sucia, y los tinteros y reglas de cristal.

¿Qué? ¿ya se ha decidido por algún artículo? Si fuera por mí me los llevaba todos, pero no es posible. Permítame que consulte mi reloj de bolsillo. Es hora de regresar. Mire a su alrededor una última vez. Todo forma parte de una ilusión, aunque todo lo que le he contado… no lo olvide… una vez existió.

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