La botella imposible

Mi biblioteca es el lugar preferido de mi casa. Es un refugio; una isla desierta; un paraíso con una playa donde en vez de arena, hay un suelo que cruje a cada paso, flanqueado por tres acantilados de ladrillo visto cubiertos de libros, y un horizonte de mar, con dos ventanas de guillotina que dan para un sombrío callejón de adoquines por donde no pasa ni un alma. 

Una turbia claraboya en el techo deja pasar el sol de mediodía, y es entonces cuando brillan los dorados de los libros, y resaltan los motivos geométricos de una desgastada alfombra persa que adquirí en uno de mis viajes. Sobre ella descansa una robusta y alargada mesa de madera sobre la que hay un antiguo mapa de Europa en el que sigo, a golpe de alfileres de colores, los avances de una guerra olvidada. 

Sobre Francia, una torre Eiffel a escala, y bajo su sombra, un voluntarioso regimiento de soldados de plomo marcha sin saber que hoy darán su vida en el campo de batalla. Su general me desafía con altanería y me da la espalda, pero a mí no me importa. Hace tiempo que se pregunta cuál es la identidad de ese gigante que decide quién pierde y quién gana. Ante sus ojos, las fronteras se mueven a mi antojo con cada gota de sangre derramada.

Un sofá de cuero marrón abotonado ocupa un extremo de la sala. Sobre él, en la pared, hay una colección de antiguos floretes y espadas militares de hojas damasquinadas. Entre ellas destaca un mosquete que encontré en el interior del pozo de la casa.

En el otro extremo, junto a una de las ventanas, hay un escritorio Chippendale repleto de secretos. Sobre él reposa un pequeño maletín que contiene una oscura máquina de escribir en la que, antes de que cayera en mis manos, se debieron escribir un buen puñado de cartas e historias. 

En la parte alta del escritorio hay una pequeña lámpara de vidrio emplomado para iluminar las noches sin luna y de insomnio, y junto a ella, una montaña de baqueteados cuadernos, y una pequeña vitrina con la popa de un galeón francés que no tiene nombre. 

Hay también una botella que contiene un siniestro velero de tres palos. Hace mucho que la tripulación no da lustre a la madera, ni se ocupa de remendar sus deterioradas velas.

Algunas de ellas han abdicado, y ahora flotan sobre el frío mar de vidrio de la botella. Observando el navío, parece haber salido airoso de una terrible tormenta. Puede que su capitán, ante una vía de agua, diera la orden de abandono. Eso explicaría la ausencia de botes en cubierta. Ahora navega sin gobierno, a la deriva de mis letras.

 ¿Qué valiosas mercancías guardará en sus bodegas? Tal vez vino, porcelana, té, quincallería, pólvora, libros… Lo que daría por hacerme pequeño para deslizarme por el cuello del recipiente que lo conserva. Lo primero que haría sería pisar el puente y husmear en los papeles del capitán. 

Imagino que en el cuaderno de bitácora encontraría la respuesta al misterio que encierra: “12 de octubre de 1886. Acaecimientos. 8:00 h. Después de una noche de fuerte tormenta ha amanecido despejado. Hemos sufrido algunos daños. Nada importante. Con viento flojo y favorable desplegamos todo el velamen. Si sigue así, llegaremos antes de mediodía a Gran Canaria. 12:00 h. Ni rastro en el horizonte de Gran Canaria. La brújula se ha vuelto loca y la tripulación está preocupada. Ausencia de viento. El cielo se ha enrarecido y ha tomado un aspecto vidrioso. Jamás he visto nada igual…”

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