La oficina imaginaria

Fíjese en esta fotografía de la FEDAC. A priori no es más que una desconocida y solitaria oficina de Las Palmas de Gran Canaria de principios del siglo XX, ¿pero qué historia esconde?

Bien podría tratarse de una consignataria, a tenor de los carteles que cuelgan de la pared, en los que se aprecian dos poderosos navíos de guerra, y en contraste con todo ese acero, la liviandad de un cartel publicitario de la firma Carl Mez & Söhne, una fábrica textil alemana especializada en seda.

Vista a través de una lupa de aumento, en la escena no hay ningún elemento que ayude a identificar de qué empresa se trata. Partiendo de que la fotografía fue tomada en la década de los diez, para poner cimientos a este artículo acudiremos a la Guía de la ciudad de Las Palmas de 1911.

En ella encontramos una relación pormenorizada de los consignatarios de aquella época, que combinada con la información que aporta la propia imagen nos ayudará a reducir bastante las posibilidades. Le advierto que dar en el clavo en esta ocasión va a ser complicado, pero la mar de entretenido. Sigamos.

En la Guía de 1911 aparecen 11 consignatarios.

En el Puerto de la Luz están los Sres. MillerThe Grand Canary Coaling, Woermann Linie, y Mr. Otto Thoresen.

En Triana, los Sres. M. Curbelo, en la calle Muro, 5. Juan Borde Claveríe, en Travieso, 28. Elder Dempster, en Triana, 93. Blandy Brothers, en Triana, 68. Yeoward Brothers, en Triana, 134. Viuda de Tomás Bosch y Sastre, en Cano, y T. Chazal, sucesor de Juan Ladeveze, en Plaza de Cairasco, 1.

El escritorio pertenece a una de estas oficinas, ¿pero a cuál? Descartaré las consignatarias más importantes, que son las más conocidas, porque supongo que dispondrían de amplias oficinas y ésta parece bastante modesta. Dejaré fuera, por tanto, las que he puesto en negrita. Pero antes de seguir dilucidando, escudriñemos cada rincón de esa oficina.

Para empezar, mire la deshilachada papelera de mimbre en medio de la sala, y la salivadera en un extremo para escupir el tabaco ya mascado. Luego siga con el alto escritorio de patas torneadas para cuatro escribientes, con sus taburetes correspondientes de líneas rectas, que llaman la atención por los asientos perfilados para que encajen los traseros de los empleados. Las sillas Thornet que salpican la estancia siempre me han encantado, y la prensa de encuadernar, para el copiador de cartas. Hay otra máquina de escribir a la derecha de la sala, sobre una base de hierro forjado y a salvo del polvo bajo su tapa.

Sobre el armario repleto de archivadores hay un reloj que aparece parcialmente, y que revela que la instantánea fue tomada entre las 9 de la mañana y las tres de la tarde, por no aparecer aguja alguna en la mitad inferior de la esfera. La profusa luz que entra por la ventana de la izquierda me lleva a pensar que no fue tomada a primera hora de la mañana, sino más cerca del mediodía. Yendo un poco más allá, quizá aprovechando el almuerzo de los empleados, para no interrumpir la actividad de la oficina. Momento anunciado por el cañonazo de las doce.

Si fuera así, antes de irse a comer recibieron la orden de dejar todo recogido, porque no hay ni un palillero fuera de sitio ni un papel desatendido. Me equivoco. Uno sí. El que quedó a la espera de unas letras en el carro de la máquina de escribir que hay a la izquierda. Por cierto, la máquina es una Adler Model 7 de 1905, fabricada en el mismo lugar que la seda del cartel, en Alemania. Si no fuera porque también hay un discreto cartel en la pared con la imagen de un barco de pasajeros sobre la palabra “Liverpool”, diría que estamos ante las dependencias de la consignataria alemana Woermann Linie. Aunque puede ser cualquiera de las otras, incluso alguna de las que he descartado. Ya le dije que iba a ser complicado.

Imagine que fuera la Woermann Linie, y que irrumpe en la escena el Cónsul de Alemania tocado con un cannotier, fumando un Henry Blay, y luciendo unos afilados bigotes acabados en punta. Tras dejar el sombrero en el perchero de la entrada y la ceniza de su cigarro en el cenicero vacío que hay junto a un tintero, se acerca al mecanografista alabando la pulcritud de la oficina y la elección de una máquina de escribir fabricada en su patria, y no una de esas inglesas o americanas que están en los escaparates de algunas de las tiendas de Triana, y que según su infundada opinión no dan más que problemas. El Cónsul se pasea con sus brillantes zapatos por la oficina. Da una calada al cigarro y se queda pensativo mirando uno de los buques de guerra que cuelgan de la pared. Viene a ver al presidente de la compañía en Las Palmas y le tiemblan las manos. Corre el año 1914, y en el cartapacio de piel que lleva bajo el brazo trae rumores de guerra. Vienen malos tiempos para el mundo y para la naviera. Por imaginar… que no sea.

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