El catálogo y el viajante

Este catálogo ilustrado de muebles de la marca Swain & Co., impreso en New York en 1877, ha tenido que esperar más de cien años para ver de nuevo la luz. El documento apareció oculto detrás de unos cajones, mientras examinaba las entrañas de un pesado escritorio de nogal de estilo victoriano. El mueble, similar en diseño a uno que figura en el catálogo, estaba en una de las recargadas estancias de una casa de Vegueta que permaneció cerrada durante décadas, manteniendo su contenido casi intacto.

Hasta ese momento, en el que los herederos resolvieron sus desavenencias y convinieron que tanto el continente como el contenido se pusieran a la venta, abriéndose una auténtica cápsula del tiempo. Un cartel junto a la puerta entreabierta invitaba a entrar, a profanar, anunciando que todo estaba a la venta, dejando así en evidencia el desapego de sus propietarios. En el mercadillo improvisado también podía adquirirse la historia de sus antepasados, presente en cada detalle de la casa, y latente en cartas, fotografías y retratos.

Pero la casa, como cápsula, dejaba mucho que desear. Hacía mucho que había sufrido una fisura. La que produce el abandono. Permeabilidad que acabó convirtiendo su primitiva elegancia en decadencia, descolgándose las lámparas de arañas, cubriéndose las figuras de polvo, enmoheciéndose las cortinas y la ropa guardada en arcones y armarios, y reduciéndose a arenilla las maderas nobles por efecto de la carcoma.

Insectos amantes de las fibras vegetales que llevaron al precioso escritorio a un punto sin retorno y que supieron apreciar el suculento postre que representaba el papel de calidad de este librito caído en aquel lugar inaccesible, con esos tentadores grabados de alcobas, sillas, mecedoras, cómodas, librerías… Toda una golosina.

Para el escritorio no había salvación posible, lo supe cuando miré en su interior con mi linterna. Sí la había para el encantador secreto que alcancé a coger con las yemas de los dedos. Por supuesto que antes de meterlo en casa tomé ciertas medidas para salvaguardar mi biblioteca, asegurándome de que estuviera libre de polillas y poniéndolo en cuarentena.

Una vez saneado traté de imaginar su historia: Viajó a Las Palmas el mismo año de su impresión a bordo de un velero. Lo traía un viajante en su baúl, junto a otros tantos ejemplares. Un tipo americano que hablaba muy mal español, y que venía con la esperanza de abrir mercado en esta apartada ciudad del Atlántico. Se había subido en aquel barco empujado por los rumores que había oído en los muelles de New York, y que decían que en Las Palmas había una burguesía emergente a la que le gustaba vestir sus casas y palacios con muebles ingleses, y si todo iba como él esperaba, también americanos.

Quizá el escritorio fuera uno de los muebles que consiguió colocar el viajante. Respecto al catálogo, supongo que caería por detrás del cajón y nadie lo echó jamás de menos.

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