Asesinato en el Hotel Santa Catalina

Cuando el doctor Harrisson hundió dos dedos en el cuello de aquel pobre hombre en busca de un latido no pudo más que certificar su muerte. Eran las seis de la mañana del 20 de febrero de 1906, y aún no había amanecido.

El cuerpo había sido encontrado hacía apenas media hora por un guardia municipal que hacía la ronda por los alrededores del Hotel Santa Catalina, y aún estaba caliente.El recepcionista fue quien confirmó que se trataba de un huésped llamado Mr. Fred Wheteley, natural de Helsley, Inglaterra, de cuarenta y ocho años y soltero, que había llegado el día antes en un vapor.

Pronto llegó el Juez de Instrucción Sr. Lobo, acompañado del escribano Sr. Romero, y tras rellenar el papeleo ordenaron el levantamiento del cadáver. La conclusión a la que llegó el doctor Harrisson al observar el cuerpo es que debió arrojarse desde la azotea del hotel, aunque la herida que presentaba debajo de la barba y las erosiones en el cuello daban que pensar. Tal vez la caída no había sido voluntaria.

La autopsia fue realizada al día siguiente por el propio doctor Harrisson y dos médicos locales, determinando que no había sido un suicidio. A Mr. Wheteley lo habían estrangulado, y luego había sido empujado al vacío. Había un asesino suelto en Las Palmas.

En el informe, además de las cuestiones médicas, añadieron que al desvestir el cadáver habían apreciado que en el chaleco había restos de una leontina de oro y faltaba el reloj. Quizá éste hubiera ido a parar al jardín tras el impacto. Tanto el personal del hotel como los huéspedes fueron interrogados. Nadie había visto ni oído nada. También registraron su habitación y no encontraron nada raro. El Juez determinó que las ropas y demás prendas del equipaje de Mr. Wheteley fueran entregados al Cónsul de Inglaterra para su custodia, hasta que se resolviera el caso.

La noticia corrió como la pólvora, y en los bares y barberías de Las Palmas no se hablaba de otra cosa. Todos tenían una teoría y los más atrevidos hasta sospechosos. El guardia municipal que se había topado con el cadáver volvió al hotel y acompañado del jardinero comenzó a buscar el reloj del súbdito inglés, pero no lo encontraron. Luego se dirigió a recepción y pidió que una calesa del hotel lo llevara de vuelta a Las Palmas.

El conductor sacudió las riendas y emprendieron el polvoriento camino que conducía hasta la ciudad. No intercambiaron ni una sola palabra, hasta que llegaron a Triana. El protocolo del hotel impedía entablar conversación con los clientes.
Entonces el guardia se bajó y cuando le fue a dar propina se percató de que el conductor tenía arañazos en la cara y en los brazos, y que de su chaleco colgaba una leontina de oro. -¿Le importa decirme la hora?-
El hombre lo miró con recelo y extrajo el reloj ocultándolo con la palma de la mano.
-Las diez y media.- exclamó.
-Bonito reloj- añadió el guardia, -¿me deja verlo?-
El conductor bajó la mirada y sacándolo lentamente de su bolsillo se lo entregó.
Era un precioso reloj de oro, y tenía una inscripción en inglés en el guardapolvo: “Para Fred, con amor. Marie”.
-Suelte las riendas, queda usted detenido por la muerte de Mr. Fred Wheteley.-

Adición: Los restos de Mr. Wheteley descansan bajo la maleza en algún lugar del Cementerio Inglés, en la ladera de San José.

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