El espejo

Estimado lector, hoy le ofrezco un relato de fantasmas al más puro estilo de los que se escribían en la época victoriana. Comienza en París, acaba en Gran Canaria. ¡Cuidado con los espejos antiguos! Advertido queda.

Fue en un anticuario de París donde encontré aquel ahumado espejo que acabó decorando el salón de mi hogar. El vendedor me contó que procedía de un palacio que había sucumbido a un fuego provocado por un rayo. Me dijo que había sido el único objeto que había sobrevivido al desastre, y aún podían apreciarse las huellas del fuego en el marco. Aún así tenía cierto encanto y decidí comprarlo. Lo empaquetaron y tras un largo viaje en tren, y otro en barco, llegó a mi casa en esta perdida isla del Atlántico.

Ordené a los criados que lo colgaran en un lugar privilegiado, sobre la chimenea, junto a los retratos de mis antepasados. Una noche, a la luz de las velas, busqué mi reflejo en el espejo y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando me pareció ver un espectro fugaz ocultarse más allá del intrincado marco de estilo Barroco. Pensé que había sido fruto de mi cansancio, pues había pasado largas horas escribiendo en la biblioteca. Pasé unos minutos observando en detalle mi brumosa imagen y luego subí a mis aposentos a descansar, convencido de que había sido producto de mi imaginación.

Pero a la noche siguiente, mientras el servicio descansaba, oí el golpeteo de una ventana en la planta baja, debido posiblemente a un descuido de mis sirvientes, pues después de la cena había ordenado cerrarlas y asegurar la puerta con la taramela. Era una noche de tormenta, algo inusual en aquella época del año, y comprobé que una de las ventanas del salón continuaba abierta. Cuando me disponía a cerrarla, pasé delante del espejo y vi frente a mí la aterradora silueta de una damisela vestida de negro que me observaba, quieta, en absoluto silencio. Quedé paralizado, y al mirar detrás de mí pensando que se trataba de un intruso, un aire helado procedente del exterior apagó las velas de mi candelabro y quedé en la más absoluta oscuridad.

Busqué a tientas una cerilla en una cajita de plata que había sobre la chimenea y con mano temblorosa conseguí encender las velas. Miré en el espejo y luego a mi alrededor y no había ni rastro de la damisela. Subí corriendo las escaleras para avisar a los criados de la presencia de un extraño y apenas había subido los primeros peldaños cuando un estruendo sacudió la mansión. Entonces me di la vuelta y comprobé que un rayo había caído justo en la ventana que quedó abierta, prendiendo las gruesas cortinas de damasco. El fuego se progagó rápidamente y todo esfuerzo por extinguir el incendio fue en vano. Por suerte mi añosa ama de llaves y mis tres sirvientes consiguieron salir a tiempo y no sufrieron ningún daño.

Cuando amaneció pude apreciar la verdadera magnitud del desastre. La casa, que durante generaciones había dado cobijo a mi noble parentela, había quedado reducida a escombros, quedando en pie tan solo los gruesos muros exteriores y la chimenea de ladrillo, que se erguía desafiante y oscura.

Mis más preciadas posesiones, entre las que se encontraban valiosos cuadros y una antiquísima biblioteca, habían sido pasto de las llamas. Una vez extinguido el fuego por completo caminé entre las ruinas aún calientes de lo que había sido mi confortable hogar, y al llegar al pie de la chimenea comprobé con horror que aquel maldito espejo no había sufrido daño alguno. Con la manga de mi camisa retiré el ollín del cristal y busqué mi reflejo. Traté de encontrar a la misteriosa damisela que habitaba al otro lado, pero solo encontré mi mundo reducido a cenizas.

Se preguntará qué hice con el espejo. Arruinado, necesitaba dinero y acabé vendiéndoselo a un anticuario de la ciudad. Aún lo tiene en el escaparte, espero que tenga el almacén asegurado contra incendios.

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