La casa del páramo

En un páramo sin nombre, a las afueras de mi mundo interior, se levanta una imponente mansión construida en 1857. La descubrí la otra noche durante un mal sueño, en el que huía de un oscuro jinete que me perseguía sable en mano. Logré esquivar el peligro refugiándome entre sus muros, y desde una de las ventanas, oculto tras una gruesa cortina de damasco, vi cómo mi depredador daba media vuelta y desaparecía al galope en el camino, como si la casa lo hubiera espantado.

Recuperado del susto y en un estado aún de sueño profundo, me dediqué a explorar las estancias y los sótanos de aquella misteriosa casa. Pasé largo rato escudriñando la galería de retratos de otras épocas que vestían sus paredes, bajo la tenue luz de una lámpara veneciana. Elegantes damas y caballeros uniformados me devolvían la mirada, preguntándose quién era el intruso que había profanado su vieja morada.

Un voluminoso reloj de pared daba la hora de una forma extraña. Observando su esfera nacarada me di cuenta de que las agujas giraban en sentido contrario, y me embargó el miedo ante la posibilidad de quedar atrapado entre aquellas paredes y no poder despertar. Subí a la planta alta y descubrí que estaba dedicada en su totalidad a biblioteca.

Cuando me cansé de admirar los lomos de los libros, subí a la azotea y vi un precioso templete coronado por una veleta con forma de ave que giraba levemente a pesar de no soplar ni una pizca de viento.

Su interior era hueco, y atravesaba el corazón de la mansión dando luz a todos sus niveles. Tanto quise ver que me asomé más de la cuenta, y la piedra a la que me sujetaba cedió precipitándome al vacío. Entonces di un salto en la cama y desperté. El sueño fue tan real que lo primero que hice al levantarme fue dibujar la casa para no olvidar ni un detalle de su curiosa arquitectura. No sé si otra noche volveré a visitarla, aunque si el extraño jinete viene a por mí ya sé dónde esconderme.