Hace unos días encontré esta lupa expuesta en la vitrina de un comercio. Cuando la sostuve en mi mano me di cuenta de que había vivido tiempos mejores, pues en el mango quedaban restos de madreperla, su recubrimiento original, y la lente presentaba una muesca, fruto de una desafortunada caída. Aún así pensé que tan encantador objeto merecía una segunda oportunidad.

El latón tenía una pátina maravillosa, y aunque datarla era imposible, pues no presentaba marcas del fabricante, es posible que tuviera más de cien años de antigüedad. Cuando llegué a casa la desmonté para quitarle la suciedad.

Retiré lo poco que quedaba de la madreperla, y forré los dos pequeños cuerpos del mango en cuero. En el proceso me sorprendió la cantidad de piezas que la componen, así como la calidad de fabricación y el aumento de la lente.

Fue entonces cuando me di cuenta de una curiosidad. El tapón que tiene en la base se desenrosca, y da acceso a un compartimento secreto de forma tubular, perfecto para ocultar un documento enrollado. Lástima que estuviera vacío.