Corsés y miriñaques

Es verano de 1885, y un cartero cargado con una pesada bolsa de cuero recorre las calles de Vegueta repartiendo la correspondencia. Lleva toda la mañana entregando telegramas y deslizando cartas por debajo de las puertas. Le duele la espalda de agacharse y busca sombra y asiento en la plaza de Santa Ana.

Mira a su alrededor, y cuando comprueba que no hay rastro de su supervisor apoya su trasero en un muro, se quita la gorra para secarse el sudor y mete la mano en el interior de su bandolera. La próxima entrega será en la calle Espíritu Santo, en una mansión que está frente a la plaza. «Ya estoy viejo para estos menesteres», murmura mientras se ajusta la gorra y se pone de nuevo en marcha.

El sol de mediodía inunda la calle y el cartero nota el calor que irradia el suelo en las plantas de sus pies. Tiene sendos agujeros en las suelas de sus zapatos. Hace tiempo que necesita unos nuevos, pero su salario no le da para tanto. Tiene que elegir entre quemarse los pies o comer, y él lo tiene claro. Llega a la puerta de la mansión. Saca un sobre de color marrón y lo introduce por la abertura para el correo.

En el interior de la mansión no hace calor. Tiene un patio interior con una fuente, y corre una brisa agradable por el corredor, que proviene del jardín que hay en la parte trasera. Una señorita ha oído un chirrido leve en la entrada y recoge su largo vestido para bajar corriendo las escaleras. La entrada está en penumbra, y palpa el sobre que está en el suelo, junto a la puerta. Lo recoge y mira el remitente: Almacenes Printemps, París. No puede estar más contenta.


Luego se pone de puntillas y mira por la abertura. Tiene unos ojos azules preciosos. Sus pupilas se contraen y ve al viejo cartero en la casa de enfrente. Acaba de meter una carta bajo la puerta y se incorpora llevándose una mano al costado mientras su rostro gesticula de dolor. Luego desaparece lentamente calle arriba y la trampilla se cierra.

La muchacha regresa a su habitación y cierra la puerta con llave. No quiere que sus hermanas se enteren de que ha llegado el catálogo que tanto esperan. Sentada en la cama rasga el sobre y extrae la revista correspondiente a la Estación de Verano de los Grandes Almacenes del Printemps de París. Trae todas las novedades en cuanto a moda femenina y masculina se refiere. Estas últimas páginas las pasará por alto. A ella solo le interesan las ilustraciones de las damas y las muestras de las telas. Sueña con verse dentro de uno de esos preciosos vestidos y deslumbrar en una fiesta.

Oye pasos en el pasillo. LLaman a la puerta. Es una de sus hermanas mayores. Ella se asusta y esconde el catálogo donde guarda los de otras temporadas. En un hueco en la pared, detrás de una tabla. Luego corre a abrir y actúa como si no pasara nada. Su hermana entra en la habitación, y la mira con desconfianza.

Verano. En la actualidad. La misma casa. Después de varias décadas abandonada una mujer la compra e inicia las obras para convertir la mansión en un hotel de ensueño en el corazón de Vegueta. Hay mucho trabajo pero espera inaugurarlo el próximo invierno.

En una habitación de la planta alta un albañil retira una tabla corroída y encuentra un hueco en la pared. Mete la mano y extrae un montón de papeles viejos. Son catálogos de finales del siglo XIX, y los deposita sobre la tabla áspera de un andamio.

Les echa un vistazo y antes de tirarlos, decide consultar con la dueña que está en el patio mirando un muestrario de papeles pintados. Mientras la mujer sube las escaleras, un leve chirrido resuena en la entrada y un repartidor desliza un catálogo envuelto en plástico de unos conocidos almacenes por la rendija del correo.

Su hija, que miraba el movil distraída sentada en el muro de la fuente, va a por él. Ya en la habitación de arriba, la propietaria queda maravillada con el descubrimiento. No es para menos. Veámos una muestra de lo que encontró el obrero.