El Cauny

Un hombre de casi cien años con la memoria intacta es una biblioteca andante. El ejemplo más próximo lo tengo en mi abuelo, que este año cumplirá unos bien llevados 98 años.

Lo que puede contarte una persona que ha vivido tanto tiene más valor que cualquier información que puedas encontrar en un medio impreso, porque lo que narra lo ha vivido de primera mano, y además ofrece un punto de vista único que lo hace aún más interesante.

Les cuento esto porque hace un tiempo me vi de repente compartiendo mesa con un caballero calado con un sombrero que frisaba los 93 años. El camarero fue quien me invitó a sentarme con él, por estar la terraza de la cafetería repleta. Yo me sentí un poco incómodo al principio, pero mi acompañante parecía encantado. Bastaba mirarlo para darse cuenta de que era un hombre de esos que acaban plantándole cara al siglo.

Después de unos instantes un poco incómodos por mi parte, llegaron las presentaciones y los cafés. Y allí estábamos nosotros, dos completos extraños con una diferencia de edad de medio siglo dispuestos a emprender una conversación que se adivinaba interesante.

Yo no pude evitar una ronda de preguntas, empujado por esa curiosidad que me caracteriza, y a sabiendas de que en los estantes de su memoria atesoraba volúmenes repletos de historias de nuestra ciudad. La primera pregunta que le lancé fue sobre el tranvía. El caballero esbozó una sonrisa y me dijo que había montado en él infinidad de veces. El tranvía me fascina, y pocas personas quedan que lo vieran circular.

La segunda fue sobre su profesión. Su primer trabajo fue cavando pozos en el centro de la Isla, a más de 60 metros de profundidad y en unas condiciones penosas. Luego fue chófer de guaguas. Conducía un modelo de fabricación inglesa, y me contó la vez que se quedó sin frenos bajando de Escaleritas y cómo consiguió detener el vehículo sin que hubiera heridos.

También fue taxista, y recorrió las calles de Las Palmas con un Peugeot, luego con un Morris, y por último con un Mercedes. Ejerció mil y una profesiones más, todo para sacar a sus hijos adelante, y lo consiguió.

Inevitable preguntarle por la Guerra Civil. Tenía solo nueve años cuando sucedió, pero me dijo que me asustaría si me dijera todo lo que vio. Como muestra me contó la historia de un muchacho de 16 años que los falangistas sacaron de su casa en plena noche y que jamás volvió.

Cuando tomé el último sorbo de mi café la sensación de haber compartido mesa con un extraño se había esfumado. Antes de irme le desee que llegara a los cien años. El señor volvió a sonreír y me confesó que no esperaba durar tanto. No pude evitar fijarme en el desgastado Cauny que llevaba en la muñeca, y en su segundero avanzando lento pero implacable.