El cuaderno de contabilidad

Mis perseverantes lectores ya saben que en mi biblioteca hay unos cuantos anaqueles reservados a la letra manuscrita, a los que hemos acudido en otras ocasiones. Si es la primera vez que me lee sea bienvenido, y si le gusta este artículo no se pierda el de aquella carta de 1838, o el de un papelito que contenía un extraño mensaje y que encontré entre las páginas de un libro.

Hoy regresamos a esa sección para rescatar un curioso dietario de 1948 que encontré hace años en una librería de viejo, y que llamó mi atención por su diseño y su buen estado. Pero lo que me cautivó fue la historia que contaba todas aquellas anotaciones, las decenas de papeles sueltos y el dinero. Sí. Había tres billetes antiguos entre sus páginas: 100 Pesetas de 1928, 100 Pesetas de 1953, y 500 Pesetas de 1954.

Antes de seguir vea esta instantánea de Las Palmas. Así era la ciudad en la década de los cuarenta. Fíjese en los coches y en los sombreros. Prepárese para viajar en el tiempo…

En este evocador entorno se movía el autor del cuaderno, reflejando en él las entradas y salidas de dinero. Todos los días apuntaba las compras de alimentos, las limosnas, los medicamentos…

La identidad de nuestro particular contable no es relevante, si revelaré por ser un dato bastante interesante que era farmacéutico, y que algunos detalles de su vida aparecen en ese surtido de papeles sueltos. Comprenderá el lector que guarde con celo toda esa información. Lo que interesa son los números… y que cuadren las cuentas, así que veamos en qué se gastaba nuestro anónimo las pesetas.

En las compras del día, la leche, el pan y las verduras son una constante. Los precios son dignos de análisis. Luego hay otros artículos usuales en 1948 pero que hoy en día pueden resultarnos extraños, sobre todo a los de mi generación. Tal es el caso de las pastillas de clorato, para la garganta; la leña; el carbón; las agujas para la cocinilla; el petróleo; la naftalina; el añil; el bálsamo oriental para los callos; el perborato de sodio; el laxante Bescansa; el Formitrol; la glicerina; el Pelikanol; el dyformil; o el carburo.

En ocasiones aparece en las listas una revista americana a la que era asiduo; también la Selecciones; los cigarros Cumbre Especiales; las pastillas Juanola; la loción del Dr. Ronier para la calvicie; los fideos argentinos; los plátanos machos; el limpia metales; el cherne; el agua de Firgas; la de Fuente Agria; unas jeringas; la insulina…

No había día que no anotara una limosna. A veces incluso apuntaba una breve descripción de quien la recibía. Destaca un donativo para ayudar a unas monjas a construir un monumento, y para los católicos de Polonia. También dejó anotadas las idas y venidas en guagua al puerto o a la plaza, y los servicios de la tintorería.

Nota curiosa la del 16 de diciembre: «Lotería, aguinaldo y propina al cartero: 5,50 Ptas». El 30 de diciembre encontramos, entre otras cosas, la compra de la agenda para 1949. Pagó por ella 12,50 pesetas. Tal vez la encuentre un día en alguna librería de viejo, quién sabe… volveremos a hacer números entonces.