El gabinete del doctor Graziani

Corre el año 1927, y escribo esta crónica desde una estancia vagamente iluminada por dos apliques de bronce de estilo modernista que cuelgan de la pared, uno frente al otro. El que está justo encima de mí proyecta mi silueta sobre los desgastados azulejos hidráulicos que hay bajo mis pies.

El otro acaba de fundirse, revelando un halo de luz que se cuela por el resquicio de una de las ventanas haciendo brillar mi estilográfica, la cual se desliza a toda velocidad más allá de los márgenes de mi cuaderno.

A mi alrededor el polvo en suspensión centellea, y el roce del plumín sobre el papel quebranta el silencio de este extraño lugar donde me encuentro. Estoy en la sala de espera del gabinete dental del doctor Agustín Graziani, ubicado en la primera planta de Viera y Clavijo 34, esquina con Buenos Aires.

No solo he viajado en el tiempo, además he conseguido detenerlo, quedando médicos y pacientes petrificados. Para llevarlo a cabo no he tenido más que tirar de la corona de mi reloj de plata. Pero no será por mucho tiempo.

Reconozco que es raro verlos tan quietos. Parecen estatuas, impasibles ante cualquier estímulo externo. Circunstancia que he aprovechado para recorrer a mis anchas las estancias de este consultorio médico y husmear en las vitrinas donde guardan el instrumental, las prótesis y los medicamentos. También he echado un vistazo al cuaderno de citas que maneja la secretaria.

El gabinete del doctor Graziani es uno de los seis que existen en Las Palmas. Cuatro de ellos pasan consulta en Triana, y hay otro que atiende en Juan de Quesada. Pero el doctor Graziani no trabaja solo, lo hace con su colega Pablo Sánchez.

En el dossier que llevo en mi cartera, además de la fotografía donde se ve la fachada, hay un viejo recorte aparecido en el anuario comercial de este año que ilustra los servicios que aquí se ofrecen.

También guardo algunas notas sobre la biografía de este interesante médico de origen italiano. Su nombre completo es Agustín Graziani Calderoni, y nació en 1888 en Rávena, Italia. Vino a Las Palmas por primera vez en 1913. Regresó a su país para casarse con su compatriota Blanca Rosa Patarga y volvió en 1914 de luna de miel, para quedarse para siempre.

Fue amigo de poetas y artistas, como Tomás Morales y Luis Doreste Silva. Siempre mantuvo una estrecha relación con su país, llegando a ser nombrado Caballero de la Corona de Italia, Comendador de la República, y fue condecorado con la Estrella al Mérito del trabajo en su país natal.

Quienes le conocieron decían que era un ser generoso y servicial, devorador de cumbres y caminos, al que le gustaba tocar la ocarina. Falleció el 28 de diciembre de 1982.

Aunque si he de quedarme con una frase que defina a este caballero elijo la que escribió en una ocasión el escritor y poeta Juan Sosa Suárez: “Ligeramente encorvado, con el ala de su fieltro abrigándole su frente, con sus ojos de niño entre húmedos y asombrados, don Agustín sigue siendo una vieja estampa de aquella ciudad de a principios de siglo, cuando se salía de Vegueta y apenas sí se pasaba de fuera la portada”.

Es hora de irme por donde he venido. Romperé el encantamiento devolviendo a la vida mi reloj de bolsillo y será como si jamás hubiera estado aquí.