El libro maldito

Es noche cerrada, y Vegueta, tras la ventana de mi biblioteca, es una encantadora dama que duerme plácidamente. El último transeúnte pasó hace más de una hora. El eco de sus pasos apresurados me distrajo de mis ocupaciones, y seguí su anónima figura hasta que desapareció más allá del haz que proyecta la única farola que ilumina la calle adoquinada. Su tenebrosa luz  ahora alarga la sombra sigilosa de un gato solitario que se lame las patas. Es hora de volver a mis asuntos. El chirrido de la ventana de guillotina llama la atención del felino, y me devuelve la mirada. Sus ojos, al otro lado de los vidrios, se me antojan dos teas en llamas.

En mi biblioteca estoy a salvo, o eso creo, porque he venido a buscar un libro siniestro que escondí en algún lado. Ahí está, caído detrás de otros en el estante más alejado del suelo. Es un objeto maldito que es mejor no tener a la vista, pues sus enmohecidas páginas quedaron impregnadas de la esencia de un sinfín de almas que partieron hacia lo desconocido.

Se trata de un libro impreso en Santiago de Compostela en 1829, en el taller tipográfico de Raymundi Temes et Gil, y escrito por Fray Josepho Benedicto de Balboa. El libro está dividido en dos partes. La primera, en latín, se titula Speculum sacrum ceremoniarum ad perficiendas exequias defunctorum : juxta rituale romanum deductum novis notis, ac ceremoniis illustratum, que traducido quiere decir Espejo sacro de las ceremonias para realizar las exequias de los difuntos: según el ritual romano sacado con nuevas notas, e ilustrado con ceremonias. La segunda, escrita en castellano y no menos oscura, se titula Prácticas de visitar a los enfermos y ayudar a bien morir.

Un libro bastante raro del que solo se conoce otro ejemplar, localizado en la biblioteca del Convento de San Francisco de Santiago con la signatura 3-8-37.

Ahora que vuelvo a transitar por sus páginas, tropiezo con los dos exlibris que aparecen en sus guardas. El más desvaído, escrito a lápiz, nos revela que perteneció a Monseñor Francisco de Santa Ana. El otro, más tosco y en tinta roja, nos lleva a un tal Perico.

El día que encontré el libro investigué sobre sus posibles propietarios, y ahora rescato las notas que tomé en mi cuaderno. Revisando la lista de párrocos de la Parroquia matriz de San Agustín, en Las Palmas de Gran Canaria, encontré dos candidatos que nos llevan a principios del siglo XX, aunque hay que tener en cuenta que un libro impreso hace casi doscientos años habrá pasado por infinidad de manos, y dadas sus características, lo imagino presente en terribles acontecimientos, como en la epidemia de cólera morbo que asoló Gran Canaria en 1851.

En el puesto 125 de la lista aparece don Francisco Domínguez Silva (1916-1917), y a continuación, en el número 126, don Pedro López Cabeza (1917-1920), que podría ser Perico, y que tal vez heredó esta macabra herramienta de su antecesor.

Dejo a un lado mis notas y regreso al libro. Llama mi atención la Práctica VIII, en la página 26, que parece una guía para practicar un exorcismo en el caso de que los demonios aparezcan en el último momento.

Vuelvo a oír pasos en la calle. Qué extraño, no veo a nadie. Será mejor que devuelva el libro al estante más recóndito de mi biblioteca y me vaya a la cama. Espero poder conciliar el sueño.