El lujo de Alexandre y Compañía

Las Palmas de Gran Canaria en el último cuarto del siglo XIX es para mí un lejano e hipnótico espejismo al que me gustaría regresar, aunque solo fuera por un día, si es que alguna vez estuve allí. Dispuesta a resolver la duda sale al paso la razón, que frunciendo el ceño me contesta con un rotundo no. La intuición es más amable y sutil, y con la boca pequeña susurra un tímido sí, para luego esbozar una sonrisa. 

En esa confrontación no siempre gana el cerebro, a veces sale victorioso el corazón, aunque luego el primero es el que se encarga del rigor, y de buscar y ordenar la información. Entonces la intuición da paso a la pasión y escribo los artículos que más me gustan, con todas las licencias que me permite la imaginación, que son aquellos en los que mis propias palabras me arrastran a épocas pasadas, y me embarga la firme convicción de que mi corazón latió en otro cuerpo; en otro tiempo; con otro nombre.

Un buen punto de partida para viajar al pasado son las fotografías antiguas, y mentiría si dijera que mi pluma no prefiere las de la ciudad donde nací. El lector no tiene más que echar un vistazo al resto de mis escritos para darse cuenta de que, salvo alguna excepción, y quitando los relatos de pura ficción, Las Palmas está presente por los cuatro costados. Pero la creatividad no conoce límites geográficos.

A estas alturas puede que se pregunte qué ocurrió con el prometedor título. Le aseguro que lo tengo todo bajo control. Hace rato que abandoné mi escritorio y usted su cómodo butacón. Hoy es 3 de junio de 1891, ambos vestimos de época, y nos encontramos en Santa Cruz de Tenerife. ¿Que cómo hemos llegado hasta aquí? Me alegro de que no se acuerde de nada porque la travesía ha sido tortuosa, al menos para mí. 

Hemos viajado a bordo de un esbelto bergantín de nombre Matanzas, y la mala mar ha hecho mella en mi estómago. Eso ha impedido que disfrute de todas las atenciones en cuanto a comida y bebida que el capitán ha tenido con nosotros, pues somos buenos amigos. Usted sin embargo se ha puesto las botas. Mañana el Matanzas partirá rumbo a La Guaira. Ni de broma continuaría el viaje.

Caminemos. El paseo me sentará bien. Me pregunta usted que a dónde nos dirigimos. Ahora es cuando el título cobra sentido, al lujoso establecimiento de Alexandre y Compañía, una gran relojería franco-suiza ubicada en el número 6 de la calle Castillo. Vaya echándole un vistazo a la fotografía. Es obra del fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez.

La inauguraron fue en marzo de este año, y a decir verdad definirla como una simple relojería es quedarse corto, pues es además joyería, platería, orfebrería, y óptica, y por si fuera poco venden objetos de arte y fantasía propios para regalos. Ya hemos llegado, los escaparates son espectaculares. Como apreciará están decorados y dispuestos con exquisito gusto. Pasemos al interior, si un dependiente trata de atenderle dígale que solo está mirando.

¡Vaya! ¡es más impresionante que en la fotografía! Está muy concurrida, y no me extraña, pues lleva abierta apenas tres meses y ya es considerara como la más importante de Tenerife. Le informo que Alexandre y Compañía es representante de varias fábricas de París y de Suiza, y sus precios no tienen competencia en la isla. Disponen de un gran surtido de joyas montadas en oro de ley con brillantes. Fíjese en los anillos y alfileres para caballero, y en ese expositor repleto de leontinas. También tienen servicios completos de mesa en plata de ley, bandejas, candelabros, candeleros, palmatorias, escribanías… ¡de todo! Los anticuarios de Las Palmas matarían por un surtido así. En cuestión de óptica ofrecen monturas en todas las formas, tanto de oro de 18 dilates como de acero y níquel. Las lentes de cristal de roca las importan de Brasil, y las extra-finas las trabajan a cuarenta reales de vellón.

Los relojes me fascinan, y Alexandre es representante de la marca Waterbury Clock Company. Están tan seguros de su calidad que ofrecen dos años de garantía, y si deja de andar te devuelven el dinero o te lo cambian por otro. Mire qué exposición de relojes de bolsillo. Los tienen de las más acreditadas marcas suizas, tanto para señora como para caballero. Si no fuera porque he venido con el dinero justo me llevaría uno. ¡Oh! fíjese en ese señor que acaba de salir de la trastienda, el del monóculo. ¡Disimule un poco! Debe ser don Fernando Stanffer, el relojero, titulado en la escuela nacional de relojería de Ginebra. El otro caballero, el que acaba de entrar con una abultada maleta, es don José Gallardo, su viajante. Y por descarte, el caballero más distinguido de todos, que por cierto, no nos pierde de vista, debe ser el señor Alexandre. ¿Pensará que queremos robarle?

Los clientes van saliendo y pronto nos quedaremos solos. Es mejor que nos vayamos antes de que interactúen con nosotros. Yo voy hecho un pincel, pero usted llama la atención con el atuendo que le he elegido. Será mejor que salgamos. Ya estamos en la calle y por si le interesa ya estoy repuesto del todo. Alexandre y Compañía continuará abierto hasta poco antes de que estalle la gran guerra. Fíjese la prosperidad que alcanzará que en 1897 abrirá una sucursal en París, en el número 42 del Bulevar Magenta. Sé que en 1910 se mudarán al número 7 de la Plaza de la Constitución, y aunque continuará con el mismo nombre comercial, cambiará de dueño. Luego desaparecerá y solo quedará su rastro en la prensa y la maravillosa fotografía de Brito.

Y hasta aquí la visita a Alexandre y Compañía. Es hora de regresar a nuestro presente en Las Palmas. A ver cómo lo hacemos, ¡porque yo no pienso embarcarme de nuevo!