El pisapapeles de la Compañía Trasatlántica

A veces me pongo a imaginar la errática trayectoria que siguen los objetos en el tiempo. Piezas de distinta índole que se desgastan según van cambiando de manos, y adquieren esa pátina que solo dan los años, y que opaca el esplendor que tuvo en otra época.

Algunas pasan de moda, otras pierden su utilidad y son arrojadas al siniestro pozo del olvido. Las que sobreviven, las que llegan hasta nuestro días, no son más que los restos de un naufragio. Entonces alguien con la sensibilidad suficiente se fija en ellas, y las rescata de entre las cenizas. 

Es el caso del objeto que hoy les presento. Un pisapapeles de cristal que si uno lo ve junto a un cubo de basura es probable que no se moleste en cogerlo. Fíjese en él. Retenida bajo un grueso vidrio de bordes lobulados yace su esencia. Una peculiar y desvaída estampa que nos servirá para contar su historia, o al menos intentarlo.

En ella aún se lee: “Compañía Trasatlántica. Antes A. López y Compañía. Barcelona. Vapores correos españoles. Línea Venezuela, Colombia y Pacífico.” Luego hace su aparición el pabellón de la compañía, en azul celeste con un círculo blanco en el centro, y debajo la  impresionante silueta de un lujoso vapor, atracado en el muelle a la espera de que aborden los pasajeros. Flotando, sobre aguas azul turquesa, la inscripción: “Sobrinos de Ezquiaga. Agentes Generales. San Juan. Porto Rico”.

Sobre la Compañía Trasatlántica se han derramado océanos de tinta, y a poco que uno zarpe en su busca llegará a puertos donde se cuenta al detalle su historia. El que escribe solo dará unas pinceladas con la intención de arrojar algo de luz sobre la pieza.

La Compañía de Vapores Correos A. López fue fundada en Cuba en 1849 por los empresarios españoles Antonio López y López Patricio de Satrústegi. En 1881 pasó a llamarse Compañía Trasatlántica y fue establecida en Barcelona. Estos datos nos dan una pista para empezar a aproximarnos a la fecha del objeto, que es lo que más me interesa.

Sobre ese año de 1881 se estableció un servicio de Vigo a Colón con escalas en Puerto Rico, La Habana, Santiago de Cuba, La Guaira y otros puertos del Caribe, partiendo los vapores unas veces de Liverpool y Le Havre, y otras de Génova y Barcelona. Pero estas nuevas líneas no dieron buenos resultados y el servicio fue suspendido en 1891.

Basándome en la información recogida en los dos párrafos anteriores y la proporcionada en la propia tarjeta me aventuro a afirmar que el pisapapeles podría datarse entre 1881 y 1891. Luego están los agentes Sobrinos de Esquiaga, que si bien trabajaron hasta bien entrado el siglo XX, ya hay referencias en la prensa en esa horquilla de tiempo.

Queda averiguar sobre qué escritorio prestó servicio el pisapapeles, evitando que las tornaguías y los manifiestos de carga de los buques acabaran por el suelo en un día caluroso y con las ventanas abiertas de par en par. Más que averiguar, debería decir exponer, porque esta información, por suerte, acompaña al objeto.

Este precioso pisapapeles proviene de la consignataria Miguel Curbelo y Cía, el “rey del puerto”, así se le conocía. Representada por Miguel Curbelo Espino y Miguel Curbelo Grondosa, fue una poderosa empresa portuaria de Las Palmas de Gran Canaria que jugó un importantísimo papel en la economía canaria en las primeras décadas del siglo XX.

Pero las fechas no cuadran. El objeto parece de finales del siglo XIX, y Curbelo y Cía es de principios del XX. Ya no queda más que imaginar. Es posible que un añoso contable se incorporara a la plantilla llevándolo consigo, y al retirarse allí quedó, olvidado sobre la mesa.

Como le decía al principio de este artículo, los objetos caminan en el tiempo, y van de mano en mano. Unos desaparecen para siempre, otros continúan flotando a la deriva hasta que varan en una orilla como la mía. El pisapapeles de la Compañía Trasatlántica reposa ahora en mi escritorio sobre un montón de papeles, evitando que mis palabras se vayan con el viento, o con las corrientes del océano que atisbo en mi ventana.