El secreto del catalejo

Hace un tiempo pasé delante de una tienda que vende ropa de segunda mano, libros y juguetes usados, y vi algo en el escaparate que me hizo detener el paso. Entre un montón de viejas cintas de casette y un juego incompleto de vasos de cristal había un catalejo de latón y cuero con un papelito que decía que era del siglo XIX.

Estuve unos instantes detenido observando el objeto, pero tenía prisa y continué mi camino. Al día siguiente me refugié de la lluvia en una cafetería de Triana, y mientras desayunaba me acordé del catalejo. Saqué mi cuaderno y escribí que tal vez el comerciante al que investigo, don Roque Hidalgo López, usara uno como aquel para otear el horizonte en busca de uno de aquellos vapores o veleros que venían consignados a su nombre.

Cuando cesó de llover salí de la cafetería y volví a la tienda. El catalejo seguía en el escaparate. Entré y le dije a la dependienta que quería verlo. Cuando lo tuve en mis manos me acerqué a la entrada con la intención de mirar a través de él y comprobar el estado de sus lentes. Si había suciedad en su interior lo dejaría donde estaba, pero se encontraba en perfecto estado, y me sorprendió lo potente que era para su tamaño.

La pátina del latón y el desgaste del cuero delataban sus más de cien años. Además conservaba la tapa delantera, algo que suele perderse, y tal vez por tenerla su interior se había conservado intacto. Después de examinarlo volví al mostrador y lo compré. Antes de regresar a casa fui en busca del mar y aprovechando que se había despejado y lucía el sol, estuve un rato viendo los barcos a través del catalejo. Era un objeto fantástico. Imaginen la estampa.

Cuando fui a tapar la lente vi que algo brillaba en el interior del tapón, sobre la desgastada pintura negra. Lo balanceé entre los dedos para buscar el ángulo adecuado y vi que lo que brillaba era el débil trazo de un lápiz. Definitivamente alguien había escrito algo dentro.

A simple vista descubrí dos letras, una R y una H, y debajo, separado por una línea, un número de cuatro cifras menos claro, tal vez un año: 1881. Parecía que su antiguo propietario había marcado el objeto con sus iniciales para indicar que era de su propiedad, anotando también el año que lo compró o se lo regalaron. Traté la imagen para sacar a relucir el trazo y este fue el resultado.

La H presentaba un giro en su base, una gracia idéntica a la que hacía Roque Hidalgo cuando escribía a plumilla, y que puede apreciarse en su firma.

Su R era más elaborada que la que aparece en el catalejo. No la hacía sencilla, la hacía con doble palo. Tal vez la hizo así por la dificultad que entraña escribir en un espacio tan reducido.

Jamás sabré quién escribió en el tapón. Quizá lo hicieron hace unos años, o esas iniciales pertenezcan a otro nombre, y la suerte quiso que coincidiera con las iniciales del comerciante del siglo XIX al que persigo. Respecto a la fecha, si es 1881 es el año en el que monta la tienda, y compra entre otras cosas el mostrador, el escritorio, la balanza y las pesas.

Dejando a un lado las conjeturas, el catalejo es de la época del comerciante, y el hecho de que tenga sus iniciales es una gran casualidad. Pensar que pudo pertenecerle, y que lo encontré yo, que he dedicado tantos años a desenterrar su historia, es un argumento digno de una novela. Si así fuera, podría decir que quien me persigue es él, y eso es algo que me da escalofríos.