El tesoro de Van Der Does

Quienes hayan curioseado en mi biografía habrán visto que hace años autopubliqué una novela de aventuras. Se tituló «Las aventuras del Capitán Hermes Norton. El Tesoro de Van Der Does», y la edición tuvo una discreta tirada de 50 ejemplares que fueron a parar a manos de amigos y familiares. Hoy es imposible de conseguir. En mi estantería quedan tres ejemplares, y guardo una caja con el manuscrito original y los cuadernos que usé. También conservo en un disco duro una carpeta con todo el material gráfico que desarrollé para enriquecer la historia, y que se compone de muchas piezas, entre fotografías, carteles, mapas e ilustraciones.

La idea
 “Las aventuras del Capitán Hermes Norton. El tesoro de Van Der Does” es una novela juvenil de ficción que tuvo como origen un sueño. Una mañana del verano de 2007 me desperté sobresaltado. Había tenido una pesadilla muy curiosa. Me encontraba en Las Palmas, en los años cuarenta, y la ciudad había sido ocupada por los nazis. Antes de que el sueño se esfumara anoté todos los detalles y esa misma tarde escribí un primer capítulo. Este fue el inicio del libro.

Días antes, alguien me había contado que su padre, en los años cuarenta, había visto sumergibles alemanes atracados en nuestros muelles, e incluso había intercambiado mercancías con sus tripulaciones. Este fue el origen de la pesadilla, y de la trama que utilicé como base para crear mi historia.

Elementos usados en la historia
Así fue como despertó mi interés por los submarinos nazis, e investigando descubrí hechos tan interesantes como el hundimiento del U167 a escasas millas del faro de Maspalomas. Este sumergible venía huyendo desde la costa de Fuerteventura de un avión inglés que finalmente lo hirió y ante la imposibilidad de sumergirse, su capitán decidió hundirlo. Fueron los pescadores de la zona quienes ayudaron a la tripulación alemana a llegar a la costa. El U167 fue reflotado en los años 50, quizás con la esperanza de que el valioso sumergible pudiese ser reincorporado a la armada, una vez reparado. Fue anclado frente a la playa de Las Alcaravenas durante un largo periodo de tiempo. Hasta que los ingenieros de la Armada llegaron a la conclusión de que era absolutamente inutilizable. Fue desguasado y entonces se percataron de que tenía un torpedo listo para ser disparado, y que podría haber explotado en cualquier momento frente a la costa de nuestra ciudad. Si en vez de despiezarlo y venderlo como chatarra lo hubieramos conservado, como se ha hecho en otras ciudades con otros submarinos, tendríamos un atractivo turístico más.

Otra historia interesante que descubrí, y que tiene tintes de leyenda, es la de esa misteriosa mansión construída en medio de la nada, en Cofete (Fuerteventura), por el alemán Gustav Winter y que ha servido para alimentar la imaginación de muchos escritores, y entre ellos la mía.

Un tiempo después de ese sueño, escuché el testimonio de una persona que había servido en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial y le pregunté sobre los submarinos nazis. Me contó la historia de un barco llamado Corrientes, un mercante alemán anclado en la bahía de Las Palmas que prestaba apoyo a la flota de sumergibles nazis. El anciano me relató que abastecían al buque de suministros, siempre de noche y con las luces de la embarcación apagadas para no llamar la atención. A la mañana siguiente visitaban al cónsul alemán en su residencia de Ciudad Jardín y recibían una compensación económica, todo en el más absoluto secreto.

La ocupación nazi y los submarinos se convirtieron en los cimientos sobre los que comencé a construir mi historia, y cuya verdadera protagonista es la ciudad de Las Palmas; la ciudad vieja, formada por Vegueta y Triana. Aquí es donde se desarrolla la mayor parte de la trama. En las 186 páginas de este libro es donde he reflejado mi gran pasión por la historia de la ciudad y de la Isla, usando elementos tan interesantes como el ataque de Van Der Does en 1599 o el hundimiento del Villé de Pará en la baja de Gando a finales del siglo XIX.

Considero mi libro como una máquina del tiempo, un artefacto de papel que pretende transportar al lector a dos épocas distintas, a los años cuarenta del siglo XX, y al año 1599, con el objetivo de que descubra los secretos que se ocultan bajo la antigua ciudad de Las Palmas. Y así fue como me embarqué sin experiencia previa en el proyecto de escribir una novela.

Mientras escribía pensé que para ayudar al lector a realizar ese viaje al pasado debía acompañar la historia con un plano de la ciudad, y aprovechándome de mi profesión de diseñador gráfico y de mi gusto por dibujar tracé este mapa basándome en uno de la época.

De todos es sabido que cuando se produjo la invasión holandesa y los habitantes de la ciudad se vieron obligados a abandonarla, pusieron a buen recaudo los objetos de valor, unas llevándolos consigo y otros escondiéndolos en lugares secretos. Sé por el escritor don José Miguel Alzola que era habitual tener algún lugar en la casa donde esconder las posesiones más valiosas, en esta ciudad en la que, en otro tiempo, existía el temor constante de un ataque enemigo cuando aparecía una vela extranjera en el horizonte. Él mismo me contó cómo en su casa de la calle Peregrina existió hasta los años 60 un cuarto subterráneo al que se accedía por una trampilla, y cómo descendió, llevándose una desilusión al ver que allí no había nada, más que un suelo fangoso y unas paredes mohosas de piedra.

Mientras escribía la novela me entrevisté con algunas personas para averiguar qué había de cierto sobre los túneles. Hablé con don José Lavandera, responsable del archivo de la Catedral, y se le iluminaron los ojos cuando le pregunté por ellos. Me dijo que había oído rumores de su existencia, y que con ayuda del sacristán habían buscado en los sótanos de la Catedral, sin encontrar nada. Me contó que el templo, a diferencia de otras catedrales, no tiene cripta, sí un panteón, pero ni rastro de túneles.

También hablé con el párroco de Santo Domingo, porque alguien me contó que durante la guerra civil el cura que estaba en ese momento ayudó a algunas personas, escondiéndolas en la iglesia, y que luego huían por un túnel que conectaba con la Catedral. El cura con el que hablé me dijo que no sabía nada de eso, sí me dijo que durante unas obras habían encontrado unas acequias que se perdían en el suelo de Vegueta. Otro elemento curioso que aparece en el libro es la casa de los Sarmiento. Una enorme mansión abandonada a las afueras de Santa Brígida que visité mientras estaba escribiendo y que sin dudarlo incorporé a mi historia.

Todo lo que aparece en el libro puede buscarse. Por eso el mapa. No sólo los edificios. También los símbolos, las esculturas… He intentado cuidar al máximo los detalles y como muestra, desvelarles que hay una escultura a la que uno de los personajes le arranca un dedo por accidente, y si vas a Vegueta y la encuentras verás que no lo tiene, pero ya estaba así… yo no tuve nada que ver, fue culpa de uno de mis personajes.

Personajes
El protagonista se llama Hermes Norton, es una especie de Indiana Jones, no olvidemos que la historia va destinada a un público juvenil, aunque puede leerla cualquiera. Hermes tiene un hidroavión en el muelle de Las Palmas, y dos ayudantes: Jonás y Diego. Se dedican a transportar mercancías entre islas. Luego está Viktor Krüger, un rico terrateniente alemán que es el motor de la historia. Él es el dueño de esa solitaria casa de Cofete. Es un tipo muy elegante y yo creo que se aburre, por eso se embarca en este tipo de aventuras. Viktor está inspirado en la figura de Gustav Winter, pero no quiero que olviden que esto es una obra de ficción. Hay un cura al que le pierde el vino que Krüger recibe todos los años de su finca de Lanzarote. Hay una chica, se llama Victoria Lombardía. Es enfermera en el hospital de San Martín. Hay un espía inglés. Su nombre es Robert Walford. Es el villano, y tiene siete vidas como un gato. Uno de mis preferidos es el anticuario, su nombre es Leónidas Bethencourt y tiene su negocio en la calle Peregrina. A él acuden los protagonistas cuando necesitan averiguar cosas sobre la historia de la ciudad. Leónidas está inspirado en un anticuario que conocí en una cafetería mientras estudiaba para selectividad, en los años 90. Tenía una historia muy interesante y una tienda llena de objetos muy curiosos, como la de mi novela. En la trama también hay un escritor. Realmente es el recepcionista del Hotel Quiney. Este hotel desapareció a principios del siglo XX pero yo me tomé la licencia de ubicarlo en los años 40. Este personaje soy yo. Como el hotel va muy mal dedica su tiempo tras el mostrador a golpear las teclas de una vieja Underwood. Está escribiendo una novela de aventuras, ajeno a todo lo que está pasando a su alrededor. Como curiosidad, les contaré que un tiempo después de autopublicar mi novela llegaron a mis manos dos cucharillas del Hotel Quiney. También hay un pintor callejero que cuando consigue vender algún cuadro se hospeda en el Quiney y que tiene muy mala suerte, o buena, según se mire.

Escribí esta historia con la única pretensión de dedicársela a mi hijo, y como les dije al principio, hoy es imposible de conseguir. Conservo tres ejemplares, y en un cajón tengo olvidada una segunda entrega en proceso que no sé si terminaré. Si algún día el hidroavión de Hermes vuelve a emprender el vuelo les avisaré.