La carta escondida

Supongamos que compra usted una casa antigua que se cae a pedazos, y que mientras la restaura, un albañil que está retirando el friso de madera podrida que cubre una de las paredes de la sala que un día sirvió de biblioteca le llama porque ha encontrado algo. Unos papeles viejos, le dice. Acude a la que será su futura casa y descubre que se trata de una carta escrita hace casi ciento cuarenta años.

Esto, que parece sacado de una escena de una película de misterio, fue  lo que sucedió hace un par de meses en una mansión de Vegueta que están devolviendo a la vida, y créame si le digo que en este mundo en el que me muevo muchas veces la realidad supera a la ficción. Un servidor, que siempre está atento a este tipo de descubrimientos, accedió al documento.

Lo que me encontré fueron dos frágiles hojas, dobladas en cuatro, de un finísimo papel para copiar cartas. El papel estaba seco, pero la humedad de la pared había dejado una gran huella en el centro. Por suerte la mancha no había afectado a la tinta.

Rápidamente saqué la lupa de mi cartera y me dispuse a analizar el hallazgo. Ante mis ojos, una misiva escrita en 1882 con un contenido bastante curioso. A continuación, la transcripción del documento.

Junio 6/1882
Copia
Sr. D. Hugo Goetz

Manchester

Muy estimado amigo: Me han favorecido sus muy gratas del 19 y 26 del ppdo. que se cruzaron con la mía 22 del mismo, refiriéndose ambas a mi hijo Teodoro y antes de todo le pido me dispense tantas molestias como le estoy proporcionando.

Le ha señalado usted 10 libras para los gastos de él. Yo no puedo hacer eso y aunque pudiera me parece no conviene. Ninguna persona debe […] que no sepa ganarlo, pues dice el proverbio muy antiguo y verdadero: “Para saberlo gastar hay que saberlo ganar”.

De lo contrario gasta una cosa que no sabe darle el valor y es visto que el niño se queda como se cría. Hacerlo variar de cómo se formó es imposible, así es que le voy a pedir el favor de que siendo usted ahí su padre, él tendrá que entrar por lo que usted disponga y sobre de esto le escribo hoy aunque ya lo tengo hecho.

Él dice que el trabajo es poco, yo quiero que sea mucho y como él nada aún puede desempeñar, que se le ponga a copiar cualesquier cosa que sea necesario o cualesquiera otra cosa que usted crea prudente.

El resultado es que usted debe señalarle la hora de venir a la oficina el primero de todos y retirarse el último. En este intermedio no se ha de ver parado y encargarle la dirección que ha de tomar de la casa al escritorio y lo mismo de ida. Salidas de la casa por ningún motivo o nada a menos que no sea con personas de su confianza o si lo mandara algún servicio.

Los días de fiesta después de oír misa, no quisiera que este niño saliera de casa por ningún motivo.

Las calles y paseos ya sabemos lo que dan.

Para esto cumplirse me parecía guardar el mismo interno, que se guardó con el que escribe. Ponerle a vivir en una casa donde habite un dependiente honrado, y que con este fuese y viniese al escritorio. Y si este dependiente quisiere un plato más exagerado, él no comerá con él. Además por lo que usted me dice le dan de comer por 18 semanales. Yo no sé si hace alguna comida fuera. Si así sucede la hará a la vez con el dependiente, lo más económico posible y este le pagará.

Ahora pregunto yo, ¿ para qué quiere este niño dinero?

Para nada, y de consiguiente no hay que darle un céntimo. Necesita un par de zapatos, no se le mandarán a hacer si no lo aprueba el dependiente encargado de él, pues no quiero que tenga más de 2 pares y aprovechados hasta el infinito.

Lo mismo que dos ternos de ropa y 2 sombreros y no se podrán reponer estos sin que sea de acuerdo con el dependiente, el que pagará obligando a él que lleve una cuenta de sus gastos, la que me pasará Teodoro semanal, exigiéndole usted este cumplimiento con el visto bueno de usted o del dependiente, pero una cuenta minuciosa hasta los farthings [moneda que valía un cuarto de penique] ; pero no se comprenda esto a él se le entrega una cantidad pero que después dé cuenta, por ejemplo, paga el dependiente un par de zapatos por él y le dice, apunte usted un par de zapatos que ha empezado usted a usarlos el 5 de junio y le han costado 2 libras. Por la cuenta que me ha de remitir el día que los ha empezado a usar y al tomar otros, puedo yo examinar si lo ha tratado bien o mal. para hacerle los cargos debidos. Quien dice de esto dice de cualquier otra prenda. No deja duda que al señor que haga usted este encargo le será […]

Es una lástima que esté inconclusa. Parece que existió una tercera hoja, y en ella hubiéramos encontrado la firma de su autor.

De su destinatario sí encontré información. La carta iba dirigida a don Hugo Goetz, vicecónsul de España en Manchester y comerciante inglés, socio de la respetable casa de comercio N. P. Nathan´s Sons de Manchester, con sucursal en Tenerife. Pasaba largas temporadas en Canarias, y era masón. Encontré su nombre en la obra Historia de la francmasonería en Canarias (1739-1936) vol. II, pág. 375. Pertenecía a la logia Nivaria, nº 96, y Tinerfe, nº 114, entre los años 1875-1876 y 1878-1884. Además formó parte de la primera directiva del Hotel Santa Catalina.

Desvelado el contenido de la carta y quién era destinatario, queda en el aire la identidad de su autor, probablemente un antiguo morador de la casa, y una pregunta: ¿cómo acabaron esos papeles detrás del friso de la biblioteca?

Tal vez fue el propio autor quien ocultó la copia, por miedo a que su hijo Teodoro, a su regreso, descubriera que el férreo control al que había sido sometido en Inglaterra fuera debido a las estrictas instrucciones de su padre. Los albañiles estarán atentos, por si aparecen más documentos ocultos en las paredes. Le mantendré informado.