La pañería de Triana

Imagine que hoy es 21 de junio, pero de 1919, y que Triana, inmortalizada en esta evocadora instantánea por el fotógrafo A. García, comienza a cobrar vida…

Ahora visualice un ómnibus cuyos frenos chirrían al hacer la parada de rigor. Entre los viajeros que descienden hay más damas que caballeros, y entre ellos resuena el english spoken. Salta a la vista que son turistas. Acaban de llegar a Las Palmas en un vapor.

El idioma les delata y dos niños sucios como el carbón se acercan descalzos. Tienen la lección bien aprendida. Extienden la mano y dicen con una sonrisa: “One penny, please”. Hace aparición el eléctrico devorando las vías, y en el borde de la calzada hay detenida una tartana y un poco más allá un carro con mercancía.

La escena se completa con un sinfín de transeúntes que van y vienen por las aceras, con esa mirada isleña oculta bajo el ala de un sombrero gastado, complemento indispensable en estas latitudes, y más hoy que ha entrado el verano y hace tanto calor.

El ómnibus traquetea cuando el conductor mete primera, y  desaparece impregnando la calle con el humo maloliente de su motor. Los ingleses vienen de dejar su equipaje en el Hotel Santa Catalina. Traen los baúles cargados de prendas gruesas, más acordes con el clima frío de su tierra, y el recepcionista les ha recomendado visitar la pañería de Manuel Campos Padrón, en Triana número 32, donde podrán comprar ropas más frescas.

Manuel Campos Padrón / Fedac

El transporte les ha dejado frente al comercio a petición expresa del empleado del hotel, y una de las señoritas extranjeras, con la mano a modo de visera, se esfuerza en vano en leer los rótulos en castellano que hay entre las puertas. Ella no comprende nada, ni falta que hace. Tras el mostrador se habla inglés.

En la pañería se despachan toda clase de tejidos de seda, hilo y algodón. También venden zapatos, chinelas de charol, boinas, sombreros, agujas de zurcir, alfombras, horquillas invisibles, velos religiosos, corbatas, y pañuelos de algodón.

Pero ellos precisan trajes de seda, y en este establecimiento tienen infinidad de modelos, tanto para damas como para caballeros. Uno de los señores apura su pipa y saca su reloj. Comenta que hay que darse prisa mientras le da cuerda, pues después del almuerzo le gustaría dar unos golpes en el campo de golf.

Atraviesan sin demora el umbral de la tienda y en ese instante la Triana de la fotografía se detiene. Todo lo que ha sucedido en este relato no ha sido más que producto de su imaginación.