La relojería del puente de Palastro (1905)

En Las Palmas, en 1905, ocupaba uno de los quioscos del puente de Palastro la relojería y platería de don Carlos Cabrera. Concretamente el más cercano a la tabaquería La Unión, negocio que ya visitamos hace un tiempo y cuyo edificio aún se conserva. Basta echar un vistazo a la fotografía que acompaña a estas letras para darse cuenta de cómo ha cambiado ese rincón de la ciudad. Si se fija en el quiosco de la derecha verá un rótulo sobre la puerta, en el que apenas puede leerse el nombre del propietario en la segunda línea, y sobre ella se adivina la palabra “relojería”. Lástima que no se conserven fotografías de su interior, pero podemos usar la imaginación y la publicidad en la prensa de la época para atravesar el umbral de ese precioso quiosco.

Imagino que al entrar en la relojería del puente lo primero que embriagaba al visitante era un olor agradable a madera, que se volvía más intenso a mediodía, cuando el sol calentaba el pequeño edificio. Un aroma que se extendía hasta los mismos raíles del tranvía, movido por la brisa fresca e intermitente que entraba por las ventanas traseras. Esas que iluminaban la reducida trastienda donde don Carlos tenía su taller, y que ofrecían una estampa del cauce seco y polvoriento del Guiniguada en toda su extensión, con el puente de piedra como horizonte, y que el relojero disfrutaba cuando no estaba escudriñando una diminuta máquina a través del monóculo.

El sentido del oído también encontraba distracción, en el tictac de cientos de relojes latiendo a destiempo; en el tintineo de los relojes de sobremesa americanos cuando sus agujas marcaban las horas en punto; en la melodía borrosa y mágica de un primitivo fonógrafo. La vista, una vez acostumbrada a la penumbra reinante en el quiosco, se iba al contenido de las vitrinas repletas de relojes de bolsillo con sus esferas de porcelana, de leontinas, cadenas, anillos… Preciosos objetos que se tambaleaban sobre el terciopelo azul cada vez que hacía su aparición el tranvía.

El tacto tampoco quedaba privado de estímulos. Tocar el mostrador de madera; buscar con disimulo las imperfecciones en los vidrios; mostrar interés en un reloj de plata y deslizar los dedos por el precioso grabado de su caja. El sentido del gusto encontraba su hueco en un frasco de caramelos que don Carlos abría a todos los que visitaban su relojería. Y así es cómo imagino la relojería de don Carlos Cabrera, en el puente de Palastro, frente a la Plaza del Mercado, en aquel lejano año de 1905.

El Progreso de Canarias. 3 de enero de 1905. Jable.