Robo en la relojería de Pedro Lezcano

En la madrugada del domingo 16 de mayo de 1915, la relojería de Pedro Lezcano, en el número 35 de la calle Triana, sufrió un robo que la prensa calificó como uno de los mayores registrados en la isla hasta el momento, por la cuantía de la mercancía sustraída valorada en casi 40.000 pesetas.

La noche anterior, en la casa número 101 de Triana, el magistrado don José Carrasco, que vivía con su familia en el piso alto, dio la voz de alarma al sentir unos pasos en la azotea y unos golpes en la puerta del almacén de don Antonio Arias. Cuando llegó la policía faltaban 3.500 pesetas y no había ni rastro de los cacos.

Pero volvamos al suceso de la relojería. A las nueve y media de la mañana, el señor Lezcano retiró el fuerte candado que aseguraba su negocio y luego introdujo la llave en la cerradura de la puerta. El pasador solo dio una vuelta en vez de dos, hecho que atribuyó a un descuido del día anterior. Pero al entrar en su establecimiento sintió un escalofrío al descubrir la pestillera del escaparate forzada y sobre el mostrador tres carpetas vacías donde guardaba objetos de valor. 

La policía acudió al 35 de Triana y tras inspeccionar el lugar preguntó al relojero si sospechaba de alguien. Declaró que días antes había entrado un individuo bien vestido interesándose por unas leontinas de oro ahora desaparecidas, pero no compró nada, y tampoco recordaba su cara por ser muchos los clientes que acudían a su comercio.

Don Pedro, con mano temblorosa, fue anotando en un cuaderno todo lo que le faltaba. El inventario era de importancia: veintitrés relojes de oro para caballero, anillos con diamantes y rubíes, relojes de pulsera de oro para señora, leontinas, brazaletes, entre ellos uno que ya tenía vendido valorado en 700 pesetas, gemelos, y artículos de platino que guardaba en el mostrador. Lo mejor del establecimiento, sin embargo el dinero de la caja no lo tocaron.

La investigación policial determinó que probablemente el robo fue obra de varias personas, y no eran aficionados, pues fueron muy escrupulosos al seleccionar solo las piezas más valiosas. Seguramente siguieron durante días al señor Lezcano para conocer sus costumbres. Las complicadas cerraduras de la relojería no habían sido forzadas, por lo que los ladrones habían conseguido, sin saber cómo, moldes de ambas llaves. Y habían operado de tal manera que ni los serenos ni la policía los detectaron, siendo la calle Mayor de Triana la vía más vigilada de la ciudad.

Las pesquisas dieron su frutos y detuvieron a cinco sospechosos, pero fueron puestos en libertad al comprobarse que no habían tenido relación con el robo. El periódico La Provincia del 9 de junio de 1915 publicó lo siguiente:

El robo de la relojería Lezcano, el mayor registrado en la isla hasta ese momento, quedó impune. Ni rastro de los ladrones, y tampoco de la preciada mercancía. El golpe perfecto.