Un portamonedas de plata

Una noche, caminando por la calle General Bravo en el barrio de Triana, me encontré con un cartel en la puerta de una casa que ponía “Mercadillo”. Había pasado más de mil veces por allí de camino a casa, pero nunca me había fijado en aquel caserón que parecía llevar demasiado tiempo en pie y que tenía cierto aire de palacio abandonado. Al ver gente entrando y saliendo y luz en todas las estancias, atravesé el umbral sin dudarlo. ¿Quién de ustedes dejaría pasar la oportunidad de entrar en semejante mansión? Yo no, desde luego.

Al llegar al patio, salió a mi encuentro un caballero sonriente de aspecto descuidado que no tardó en contarme que había heredado la casa y que quería deshacerse tanto del contenido como del continente, así que todo estaba a la venta. Acepté su invitación a echar un vistazo y comencé por la planta baja. Recorrí las distintas habitaciones y la gruesa capa de polvo que cubría muebles y figuras de porcelana era un claro indicio de que la casa había estado cerrada por años.

No vi nada de mi interés, a excepción de una caja fuerte de factura inglesa que estaba bajo la escalera del patio y que debía pesar una tonelada. Subí la preciosa escalera que conducía a la segunda planta y entré en un amplio dormitorio cuyas ventanas daban a la calle. Una señora hablaba con el dueño interesada en la preciosa lámpara de araña que colgaba del techo. El suelo estaba repleto de viejos periódicos de los años cincuenta y parecía que habían vaciado el contenido del armario sobre la cama de hierro. 

Sobre la mesa de noche vi una cajita en cuyo interior había un antiguo portamonedas de plata. Terminada la negociación sobre la lámpara, el caballero se acercó y tras discutir el precio acabé saliendo de allí con el portamonedas y la cajita en mi cartera. Cuando llegué a casa ya era un poco tarde para investigarlo y lo dejé sobre el escritorio. Pero al día siguiente pasé una tarde entretenida haciendo averiguaciones. Lo más divertido de coleccionar antigüedades es desvelar la historia que esconde cada pieza.

Se trataba de un portamonedas de plata de estilo Art Nouveau repujado a mano con motivos florales. En el diseño destacaba un espacio en blanco para que su propietaria grabara un monograma con sus iniciales. Disponía de una anilla para llevarlo en una chatelaineun accesorio femenino bastante popular en el siglo XIX y principios del XX que las damas solían llevar enganchado en la cintura y del que salían varias cadenitas para colgar pequeños y delicados instrumentos, tales como tijeras, sellos, relojes, llaves, e incluso frascos de perfume. La chatelaine de una enfermera podía llevar un termómetro, mientras que la de una costurera un dedal y una cinta métrica.

Para ubicar el objeto en el tiempo y en el espacio bastó echar un vistazo a los punzones que aparecían en su interior. Estos son los que presentaba la pieza:

El primero de ellos hacía referencia al fabricante: “W. H. L.” Estas iniciales pertenecían al joyero inglés William Henry Leather (1862-1944). El segundo indicaba la ciudad donde se hizo, y ese ancla me llevó hasta Birmingham. William tenía su joyería en el 11 de Pitsford Street. El tercero, el Lion Passant, un león que mira a la izquierda rodeado de un borde irregular, era la garantía de que estaba hecho de plata, de 32,9 gramos de plata para ser exactos. El último punzón, una “f”, indicaba el año: 1905.

¿Y para qué querrá este hombre un portamonedas de plata?, se preguntará algún lector: Para dejar volar la imaginación y escribir mirando al pasado. En mi colección guardo infinidad de objetos que sirven de atrezzo para los bodegones que acompañan a mis textos y me ayudan a viajar atrás en el tiempo.

Meses después volví a la casona de la calle General Bravo, pero estaba cerrada. Al parecer ya la habían comprado. Me quedé con las ganas de preguntarle al antiguo dueño si conocía la identidad de la dama a la que perteneció este precioso objeto, digno de estar en la vitrina de un museo.