Un reloj de trinchera de la Primera Guerra Mundial

En 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, los relojes se convirtieron en una herramienta vital para las tropas, pues su uso era necesario para las comunicaciones y para sincronizar los ataques. Los soldados pronto se dieron cuenta de que los relojes de bolsillo no eran prácticos en el campo de batalla. La distracción que suponía sacarlo del bolsillo y quitarse un guante para abrir su tapa podía costarte la vida. La solución al problema fue adaptar aquellos relojes para llevarlos en la muñeca.

Fue así como nació el reloj de pulsera tal y como lo conocemos hoy, un concepto surgido en una fangosa trinchera que acabó desbancando al reloj con leontina. El modelo que ven en la fotografía fue fabricado alrededor de 1915, y reposa sobre unos binoculares del mismo periodo. Es de estilo militar, con la numeración y las agujas pintadas con radio para ver la hora en la oscuridad. No presenta marca del fabricante, ni en la esfera de porcelana ni en el movimiento, pero en ambos elementos aparecen las palabras “Swiss made”.

Sorprende la caja, con tapa y guardapolvo, por su tamaño de 42 mm, sin contar la preciosa corona estriada con forma de cebolla en dorado y colocada sobre las doce en una posición nada usual, pero que hace su lectura más natural al levantar la muñeca. El segundero era esencial en un reloj para uso bélico, y este ejemplar luce uno de gran tamaño a las 6.

Cuando llegó a mí no tenía correa, así que hice fabricar una que respetara su estética. Haciendo un cálculo estimado, su robusta máquina lleva en marcha más de 876.000 horas. Un reloj con más de cien años, que a veces luzco en mi muñeca, y que sigue funcionando con una precisión que asombra. Cuando miro su esfera, a veces me pregunto ¿quién sería el oficial o el soldado raso que lo usó durante la gran guerra?